domingo, 5 de febrero de 2017

Acá terminó el Siglo XXI

Publicado Por La Voz del Interior, el Domingo 5/2/17. Sección opinión 

Así como el siglo XIX se definió por la revolución industrial, o la expansión de la burguesía y el sector obrero, el siglo XX se caracterizó por un gran desarrollo humano. Pero fundamentalmente pasó a la historia por sus guerras, revoluciones y genocidios. Más de 100 millones de personas murieron en conflictos cuya partituras estaban escritas con el odio étnico y cultural como ritmo predominante y, muchas veces, grandes intereses económicos como un grave e imperceptible sonido de fondo. Evidentemente no estábamos preparados para que pueblos muy diferentes se relacionaran intensamente por medio del transporte masivo, o las comunicaciones de forma repentina. 

Fue un proceso complejo, con extraordinarias hibridaciones y geniales mestizajes, pero década tras década, las dificultades para vivir juntos, en un único planeta cuyas distancias se acortaban, se transformaron, en La Primera Guerra Mundial y el Genocidio Armenio; las revoluciones y purgas en Rusia; la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto; y después Vietnam, Ruanda, Camboya, Afganistán, los Balcanes, Irak... todas tragedias humanas con nefastas consecuencias.

El Siglo XXI, por su parte, nació agraciado con la belleza de la redención propia y una clara inercia hacia una humanidad con mejores oportunidades. Empezó un tiempo de democracias lo suficientemente profundas para fertilizar a todas las capas sociales, y grandes avances en derechos humanos, aceptación de las diferencias, o salud, pública. El analfabetimo, que envenenaba al 80% de la población un siglo atrás se reducía al 20%, con especial mención de una creciente educación femenina. La pobreza extrema, la mortalidad infantil, o la distribución de la riqueza, como muchos otros indicadores describían una mejoría en comienzos de milenio. 

En pocas palabras, la humanidad empezaba a incluir en sus planes a los que menos tenían, a los olvidados de siempre. A manera de ejemplo Rodríguez Zapatero empezó a gobernar España con programas de inclusión social históricos, o aprobó el matrimonio igualitario en una España de señoras retaconas vestidas de negro. Según el Banco Mundial, Lula Da Silva -casi al mismo tiempo- triplicó el PBI per cápita de Brasil. Era un tiempo esperanzador con la cooperación internacional como una red capaz de conectar todas las personas que habían quedado atrapadas en las interferencias del SXX.

Ahí nomás en la historia, un afroamericano llegó a ser presidente de EEUU y lo que es más impensado aún, un indigenista gobernó una el estado plurinacional de Bolivia. En Argentina también experimentamos avances sociales a tono con la época. 

Toda la sociedad se dejó seducir por un progreso común. Como fruto, por ejemplo, nacieron museos que inmediatamente fueron considerados las grandes catedrales del Siglo XXI. Parecía que en lugar de misa y obituarios zonales empezaba un tiempo de tolerancia y entendimiento ciudadano con la creatividad artística y la diferencia como grandes baluartes. Exposiciones de otras cosmogonías, de otros géneros, de otras formas de ver la vida nos insinuaban un mundo mucho más redondo, donde el tiempo se atravesaba montado en un mail, y blandiendo el celular en lugar de un arma. Poco después hicimos grupos, reencuentros, redes, comunidades, y espacios para ocuparnos de causas trascendentales y colectivas.

Atentados y muros 

Tiramos un muro y poco después levantan otro. 
La ilustración es una obra de la Galería Casa Tomada, SP, Brasil, invitada
a la Feria Mercado de Arte.  Se trata de un ping pong geopolítico
que tiene un espacio muy reducido para norteamérica, lo que dificulta
ganar desde el sur
La diversidad, la heterogeneidad de la sociedad, y la interculturalidad como modelo comenzaron a debilitarse repentinamente. Europa sufre atentados y toda una generación identificada con las principales características de este siglo optimista, queda amenazada en su propia arquitectura filosófica. Un importante conjunto de principios, muy amalgamados entre sí, comienzan a resquebrajarse y el mundo tiene nueva cara. Una cara relamida, retrógrada, sexista y xenófoba. Será por arte y gracia de la postverdad (una suerte de capa semántica que ha esmerilado lo verdadero), o por las tecnologías que dejaron de reunirnos para separarnos, pero lo cierto es que la voz del progreso se debilitó.
Sintomáticamente, los más vulnerables, han sido invitados a retirarse del mundo global. 
En pocos meses estamos presenciando un monumental deterioro de la pluralidad del mundo, con un capítulo especialmente dedicado al secuestro, invisibilización, y desaparición de lo latinoamericano en el concierto mundial. 
Este siglo comenzó ocupado en redactar una amplia partitura para la ópera mundial que sería interpretada por instrumentos de todos los pueblos y latitudes, desde el laúd hasta la quena, y no percibió que criaturas provenientes de otros siglos se infiltraron y, pensando con el microondas, concluyeron que la política es un fenómeno vacuo y material susceptible de ser reducido a 140 caracteres. Así nacieron representantes con el dedo, sistemáticamente, apuntando hacia la culpa externa. No somos nosotros, son los europeos. No somos nosotros, son los mejicanos. 
Detrás de todos los objetos que se puedan acumular hay acontecimientos que escriben o borran la historia. Ya lo dijo Wittgenstein “el mundo es la suma total de los hechos, no de las cosas”.-


domingo, 11 de diciembre de 2016

Sobre mi nonna







Hace una semana Scarpelli publica un homenaje a Jack London. Tremendo autor. Dice allí que, de los tres deseos que concede el genio de la lámpara, seguramente uno debería estar destinado a un último café (sin azúcar en este caso) con un ser querido que ya partió. Creo que necesitaría varios, pero seguro que uno sería con la Nona cuya cafetera Volturno aun me acompaña, al igual que las tacitas. Estoy listo, sólo falta ella.

Y es que hoy, mi abuela, "la Nona" hubiera cumplido 100 años. Las abuelas (y probablemente los abuelos -aunque no conozco porque no tuve-) son, irremediablemente, uno de esos seres especiales que están ahí, siempre, bancándote. Como los padres deben educar, los abuelos pueden concentrarse en algo mucho más exquisito y complejo: hacerte sentir integrante de una familia, y dentro de ese clan, transformarte en un ser especial y único. Las abuelas otorgan la magia de la pertenencia y en el mismo acto la unicidad.
Más allá de las generalidades, con mi abuela Laura compartíamos el zodíaco chino -ambos dragones de fuego- aunque nunca le calentó en lo más mínimo. Todo lo místico, para Laurita Dianda, venía envasado en un crucifico. 
Compartimos, eso sí, una complicidad profundísima. Ella me bancó históricamente cada rabieta, cada vez que me fui de casa, cada mala nota, cada materia a marzo, cada novia que me pateó, cada mango que faltó. 
Podía ser condenado a muerte, pero esa misma noche veríamos tele y me rascaría los brazos más o menos dos terceras partes de la película. Más o menos hasta que el somnífero hiciera tu tarea con cierta brusquedad. Especialmente los domingos -como este- vencíamos la tristeza juntos, en silencio, al calor de una peli. 
La verdad es que, cuando vino la sombra de la edad y la lucidez se transformó en un asunto más subjetivo que objetivo, recibí innumerable cantidad de veces la misma clase de inglés. Era muy buena. No se trataba de tolerancia sino de admiración y amor en su estado más puro y etéreo a ambos lados de la mesa. Al menos eso deduzco ahora que reconozco mi discapacidad congénita de tolerancia.
Sin lugar a dudas también fue una de mis primeras modelos cuando empecé a estudiar fotografía, aunque si me confieso y dejo que el nudo de la garganta deje pasar algunas gotitas más de sentimentalismo hecho neurotransmisores, creo que empecé a estudiar fotografía para inmortalizar su magia y serenidad.
Hoy tengo algunas fotos suyas en el estudio porque necesito que vigile a mis hijos. Estoy seguro que los hubiera encandilado hablándoles en italiano, contándoles del pasado remoto en el que vivió y dándoles, todas las veces que haga falta, la clase de inglés más importante de la vida: Esa clase en la que te enseñan a ser un hombre.-