lunes, 1 de abril de 2019

El rumbo de las palabras, la rumba semántica

(Ponencia en el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española)

Me interesa referirme, en esta presentación a dos aspectos que rondan determinadas prácticas creativas en la era digital que podrían ser entendidos como fondo y forma.
Por fondo entiéndase qué aporte a la humanidad suponen las nuevas maneras de construir conocimiento en la contemporaneidad, mientras que por forma me gustaría detenerme en cómo se dan esas prácticas, con especial mención, claro está, del español. Con especial atención, también, a esa célebre frase de Ludwig Mies van der Rohe que sugiere “La forma no es el objetivo, sino el resultado de nuestro trabajo.”


Esta semana hemos leído que las mayores preocupaciones de la ONU se centran en el cambio climático, su impacto en los países menos desarrollados, las migraciones, la desigualdad económica, y la situación de las mujeres. Estos temas, que parecieran extraídos de reverberantes  publicaciones en redes sociales, se están sistematizando en diversas cumbres internacionales. Entre todas ellas hemos de destacar la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible que, junto a UNESCO y CGLU solicitan que la cultura sea un nuevo pilar (el cuarto) del desarrollo humano en tanto moldea lo que se entiende por pasado, presente y futuro.
En ese sentido, la lectura y escritura, así como lo audiovisual, son enormes explicaciones sobre porqué una sociedad más justa depende de estas nuevas actividades productivas, no en el futuro sino el presente. Realidad que nos cuesta entender a generaciones que nacimos con teléfonos a disco y seducciones románticas a cappella, sin tinder o matches.



No hace falta ser un estudioso de la economía creativa, como hemos escuchado en estos días, para reconocer que mientras las industrias tradicionales -históricamente beneficiarias de políticas, y legislación- reducen su capacidad para construir empleo, cada vez más personas trabajan escribiendo, traduciendo, analizando o produciendo material destinado a la pantalla. Alcanza con compararles, en una provincia y país agrario, con la actividad del campo cuya reducción en la toma de empleo es alarmante. Lo mismo podemos señalar sobre el carácter emprendedor e independiente de los creativos en contraste con la viejas formas del trabajo, siempre lineal y aplastante, especialmente a la hora de distribuir los resultados financieros, cuando el aplastamiento es la norma.
Mientras que en la minería, la metalmecánica o la construcción, muchos ganan poco y pocos ganan mucho, entre los trabajadores de la palabra y lo audiovisual encontraremos una tendencia hacia una virtuosa ecuación en las proporciones, las tajadas, de la torta a distribuir.
Pero no sólo hablamos de una oportunidad histórica de construir trabajo emprendedor remunerado con cierta simetría, sino que supone uno de los sectores con mejor tasa de trabajadoras mujeres. Auscultando las industrias antes descriptas: construcción, minería, metalmecánica y tantas otras encontramos que las mujeres ocupan lugares menores en la cadena de valor, mejorando su proporcionalidad, y lo decimos con tristeza, en sectores administrativos, de limpieza o alimentación del equipo.
Por el contrario, en los sectores que comentamos, se observa una mayoría de trabajadora, con buenas oportunidades de liderazgo, algo que también se maximiza al analizar la capacidad de inserción de personas con otras elecciones de género que siguen viendo impedidas sus oportunidades de desempeño, y más aún de expresividad, en los ámbitos tradicionales.
Permítaseme agregar una línea sobre el impacto medioambiental de la mayor parte de los sectores productivos que gustan de monocultivos y  pulverizan veneno sobre los restos de una biodiversidad herida -la nuestra-, poseen condiciones fiscales excepcionales mientras escupen plomo sobre nuestros recursos hídricos, que estornudan arsénico desde esas minas que hacen metástasis en nuestras montañas.  


Pareciera que nos hemos alejado del tema en cuestión, pero por la vía más elemental hemos llegado a entender quiénes están, ya no detrás, sino frente a las causas, banderas y  tramas de sentido que construyen los nuevos temas de agenda en la opinión pública. No es casual que #MiráComoNosPonemos, o #NoesNo (versiones locales del #MeToo) hayan nacido como hashtag pero muy rápidamente sean una lucha vital, social y callejera.
No es casual, tampoco, que sea una marea de palabras tageadas las batallas por el cambio climático, así como lo hubieran sido, en beneficio de los invisibilizados, el #15M , la Primavera Árabe o las víctimas de la dictadura venezolana. En las redes trabajan quienes han sido excluidos de las otras industrias y su trabajo es, justamente, hacerse valer, hacerse escuchar.
El ejercicio de esas identidades y diversidades, el uso político de la lengua y su mayor urgencia en las nuevas prácticas digitales expande un rizoma radicante (como lo propuso Bourriaud) subvirtiendo e impulsando de forma geométrica, a la vez que transgresora, ideas que conectan idearios, burlando y hasta aprovechando el viento de cola de los algoritmos predictivos. La transmediación, así como la encarnación -me gusta que reconozcamos de una vez el carácter místico de la matrix- de preocupaciones que pertenecen a grupos virtuales pueden pueden verse beneficiadas de los procedimientos algorítmicos -no exentos de perversidad- para incrementar su vitalidad y sobre todo su viralidad.
O al menos subvertirlos, hackearlos, ponerlos en tensión.
Sobre viralidad, conviene recordar que es un concepto que Caparros ha analizado con sagacidad al entenderlo como una palabra cuya polisemia ha transmutado, de negativa -una enfermedad que se propaga-, a positiva -una idea que cobra fuerza, en algún caso, una sanación que se extiende, como pasara con las denuncias de bullying.
Cada vez más el mundo supuestamente real se ve convulsionado por ideas que son consolidadas en un ejercicio de escritura conjunta y colaborativa -muy propio de la web 2.0-.
Ahora deberemos ocuparnos de acompasar esos discursos virtuales/ virales / reales, en un tiempo que, sólo a manera de ejemplo, pareciera más preocupado por incluir en su terminología formalizada palabras como lonchera o bluyins que términos como chiques, cuya connotación política en materia de género es un letrero luminoso escondido en las pantalla de nuestros hijos y cuyo brillo nos daña los ojos pero también encandila.
En cualquier caso, no se trata de defender chiques o cuerpa en esta breve ponencia, sino de reflexionar sobre prácticas de unos prosumidores que escriben mendigando likes y hacen del narcisismo una brújula para la reflexión pública. Con el corazón abierto a un huracán de visibilidad, insisto que entre tantas palabras, símbolos e imágenes arremolinadas por la fuerza del viento inmediato, surgen escrituras que le dan pantalla a personas desaparecidas, a deudas sociales, de género y de poblaciones atravesadas por un planeta en crisis medioambiental.
Hemos visto como pequeñas publicaciones efímeras, hashtags insípidos y  declaraciones audiovisuales de reducido interés aparente, son capaces de destronar a gigantes de las anticuadas industrias del cine, a políticos, y por ponerlo en positivo, a comprimir el margen de desprecio de la justicia.
Ya en los primeros noventa Rosetto, destacado luego por Berardi, decía en la revista wired que la revolución digital es un cambio tan extremo como el descubrimiento del fuego y que trae -justamente- cambios sociales monumentales al transformar, por primera vez, a las generaciones más jóvenes, más digitales, en las personas más poderosas del planeta.


Sería una locura no reconocer que la lectura y escritura digital son la mayor fábrica de palabras del SXXI. Y no sólo palabras, en estas prácticas se construyen sentidos y significados e incluye nuevos ecosistemas para refugiar la frágil belleza de, tradiciones, dialectos, sensibilidades.
Ya se escribió en la Carta Magna de la Era del Conocimiento que “el evento central del SXX es el derrocamiento de la materia .. por todos lados los poderes de la mente ascienden sobre la fuerza bruta de las cosas”.
Sería una castración no reconocer, también, que la nueva semántica de las grandes preocupaciones globales se está escribiendo en algún iphone de colegio secundario que se solidariza con los Viernes por el futuro, un movimiento mínimo que en lugar de un nobel, quiere un mundo mejor. No son cuerpos trabajando, como se planteó hace unos minutos, son espíritus escribiendo.


Si escribir en un muro es hacer arte mural, una práctica milenaria que recobra vigencia cada vez que la humanidad cree que debe gritar sus injusticias,  hemos de acordar que esa visibilización granhermanista con la que nos cuesta convivir, y que pareciera inmanente a las nuevas prácticas, resucita cierto poder vital de palabras que parecían -como propone Viktor Shlovski- “... gastadas por su uso cotidiano para retornarlas a su original potencia epifánica.”


Nuevos textos para una realidad aumentada que nos invade y no alcanzamos a entender, nuevas piezas audiovisuales para videojuegos que terminan matando gente de carne y huesos, conforman un pathos que nos envuelve como una rumba que no sabemos bailar pero cuyas percuciones mueven cuerpos.


Si me extendí más de la cuenta en la lectura, pido disculpas. Es que, como dice el periodista en tiempos de teclados, “pienso mejor con los dedos”.-