Vimos Sueños de trenes (2025), disponible en Netflix, de Clint Bentley.
Candidata al oscar por mejor película, nos encontramos con un delicado, y sufrido Joel Edgerton protagonizando una panorámica maravillosa de la sensibilidad humana. El texto pertenece a la novela homónima de Denis Johnson e incluye una ecuación perfecta donde el relato, el ecosistema y los sentimientos se funden armoniosamente. La narración (yendo a comprarla) es un dato relevante porque la película tiene ese perfume a gran novela americana que habíamos disfrutado en Stoner, de John Williams, aquella obra maestra que la prensa reivindicó décadas después de publicada.
En el caso de Sueños de trenes, la presencia de la naturaleza, los árboles y la posición de la persona en el mundo, cobran centralidad para un texto cuya cadencia es tan conmovedora como potente.
El film sigue la vida de Robert Grainier, un hachero americano de principios de siglo. Sus manos carnosas representan una metáfora para la construcción del progreso americano, mientras que su vida explica dolores, alegrías y derivas de esa construcción.
Una fotografía exquisita, tan fresca como el aliento del bosque, y una música equilibrista sostenida frágilmente en las cuerdas, enmarcan a un personaje principal que nos abraza con rústica fortaleza en su bucólica sensibilidad.
Las inclemencias del paisaje, la pérdida, el fuego, o la soledad; y las caricias de la amistad, de un copo de nieve, de la sonrisa del ser amado; conforman un relato sin recursos grandilocuentes pero profundamente conmovedor.
Una película que, al empezar, ya tiene un lugar en nuestra memoria emotiva.-
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