jueves, 24 de febrero de 2011

Las cucarachas del lenguaje

(Publicado en el Suplemento Temas de La Voz del Interior, 24/2/11) Viene de La evolución de las palabras

Las cucarachas del lenguaje, esos seres insensibles a la extinción, han sido los insultos. Eso sí, evolucionan y amplían su familia. Su tierna infancia incluyó opa, lelo, zopenco, papanatas, mentecato y perejil que parecieran tener cierta fuerza y especificidad. Pero ahora han debido dejar lugar a un alud de violencia innecesaria, un alimento cotidiano para muchos medios de comunicación. Los índices de vulgaridad y ratting parecen ir de la mano, mientras que la ausencia o fragilidad de los controles estatales, sumados a la nula condena social hacen que cada vez estemos más expuestos a la terrible contaminación que emanan las bocas de muchos personajes que protagonizan, con una liviandad preocupante, el deterioro del medioambiente comunicacional. Nadie se alarma frente a puñales que se lanzan en vivo y directo estos dilapidadores de puteadas que, lejos de afectarles a emisores y receptores, quedan flotando sobre la mesa del living de casa luego de salir expulsados desde la televisión.

Pero los que mandan también lo hacen. Pensemos que políticos y espacios de legitimación como la radio son referencias para la población que incorpora como normal, correcto, y astuto la neutralización de una discusión con la utilización de vulgaridades que dejan nockout al interlocutor.

Alex Grijelmo, presidente de la Agencia Efe, maestro de la Fundación Nuevo Periodismo y autor de El estilo del periodista, considera que los insultos están impunes y desubicados ya que aparecen en lugares cada vez más fuera de lugar. Sobre todo medios masivos de comunicación que, por otra parte, hacer perder la potencia de los insultos en otros ámbitos. Algo de lo mismo pasa, no con las malas palabras, sino con las palabras malas: cada vez es más frecuente que se acuse de “estafador” a alguien que sencillamente no hizo algo bien, o de “nazi” a alguien cuyo pensamiento no va por el mismo carril que el conductor, y serán “censurados” quienes hayan sido simplemente descartados. Una “tortura” será una molestia y podrá acusarse de una “violación” a quien cometió una falta. La verdadera talla de las palabras se diluye en el vértigo, la vulgaridad, y la necesidad de atraer la atención pública. Con ese abuso de acusaciones, las víctimas verdaderas deberán hacer la misma cola que los charlatanes, en la confusión de los gritos mediáticos. Mientras, las tremendas laceraciones de los verdaderos tiranos, o la lucha por la libertad -que tantas vidas costó en defensa de expresión- se diluirán en un mar de creciente ignorancia a la hora de levantar el dedo, acusar e insultar.


La poética de las puteadas
Esta profundización del nivel de violencia verbal empezó por diluir los insultos en un mar de palabras insaboras. Es que son madrias (hablando de especies en vías de extinción, significa holgazán) quienes banalizan la profundidad y contundencia de un boludo bien puesto y pronunciado. La histórica defensa que Roberto Fontanarrosa hiciera en el Congreso de la Lengua de Rosario en 2004 (ver columna aparte) se basó en la mítica y enérgica defensa de la palabra pelotudo y su misterioso poder oculto en la t. PeloTudo, decía el maestro que era la pronunciación correcta, y mil catedráticos le daban la razón aplaudiendo de pie, sin darse por aludidos.

La Burocracia de las palabras
¿Qué es la R.A.E.? ¿Desde cuándo existe y para qué sirve? ¿Cómo se organizan en la academia del lenguaje español para administrar los más de 80.000 términos que recoge?

Las palabras tienen su jefe, su administración, y su circuito de legitimación. Tanta poética para caer en el despacho. Escritores, periodistas: así es la vida. Siendo rigurosos, desde 1713 en adelante, nada en el lenguaje es libre albedrío para el mundo de la correcta escritura porque la Real Academia Española (R.A.E.) se ocupa desde entonces y puntillosamente de la planificación lingüística. Muchos dicen que no es ni más, ni menos que un calco de la academia Francesa. Original o imitada, nuestra Academia es una institución centenaria que aboca sus esfuerzos al sostenimiento y conservación del patrimonio idiomático así como la incorporación formal de los cambios que experimenta el español a lo largo del lo tiempo. Su principal recurso es la edición de nuevos diccionarios. Actualmente circula la edición número 22 de una serie que comenzó en 1780. Aunque inició su andadura buscando “elegancia y pureza” con el tiempo su rol fue más activo y realista, prueba de ello es la incorporación, más o menos reciente, de términos como escáner (antes conocido en inglés como scanner), pimpón (ex ping-pong), pádel (adaptación de paddle) estrés por stress o carné por carnet, además de aquellos que pasan directamente como leitmotiv o kitch, cuya castellanización no ha modificado la palabra original.

Después de su fundación, y en paralelo a las independencias los países hispanohablantes, la RAE promovió la existencia de 21 delegaciones autónomas con el objeto de recoger los aportes de cada región al enorme universo panhispánico demostrando su vocación regidora así como un progresismo en la incorporación de nuevos términos. Sus miembros son reconocidos como “académicos”, o inmortales -en clara referencia a la academia francesa- y ostentan de forma vitalicia un sillón designado con una letra mayúscula o minúscula. El reciente Nobel Mario Vargas Llosa se sienta, por ejemplo, en la Letra “L” desde 1996; Ana María Matute, premio Cervantes 2010 se sienta en el sillón –supongamos oficialista- “K”; Arturo Pérez Reverte, que debería vivir en Barrio Jardín, en el “T”; y desde 2008 Javier Marías en el “R” de Reflexión. Aparentemente, y con la prioridad de género tan presente en España, la primera mujer en ingresar a esta academia y, probablemente, la primera académica del mundo entero, fue la Dra. María Isidra de Guzmán y de la Cerda que ingresó en 1784, dio su discurso de incorporación, y nunca jamás regreso. Después nunca hubo una voz femenina en la academia hasta que se sumó, en 1978, Carmen Conde. El Zorro, por ejemplo, tiene su sillón vacante desde 2009 cuando muriera Francisco Ayala que, a los 103 años, dejó libre la “Z”. La “C”, de contradicciones debería haber sido de Juan Ramón Jiménez, el único Nobel de escritura en español que se quedó sin sillón.-


Webs de interés:
Real Academia Española www.rae.es

Reserva de palabras (para apadrinar palabras en extinción) www.reservadepalabras.org

2 comentarios:

Eric Zampieri dijo...

Leí con interés esta nota en La Voz. Además de palabras que caen en desuso es interesante rastrear la mutación de algunas, tanto en ortografía como acepciones completamente distintas a la original.

El fantástico Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE) nos permite hacer un poco de arqueología lingüística y enterarnos que, hasta la edición de 1803 "murciégalo" - la forma original de la palabra - no era redirigida automáticamente a "murciélago", además que se nos antoja delirante - con nuestra mentalidad contemporánea - que se defina a este animal como un "ave".

También descubrimos que hasta 1950 "meticuloso" figuraba únicamente con su primera acepción, medroso. Recién en 1956 figura como alternativa "nimiamente puntual; escrupuloso, concienzudo".


http://buscon.rae.es/ntlle/SrvltGUIMenuNtlle?cmd=Lema&sec=1.2.0.0.0.

Pancho Marchiaro dijo...

Qué grande eric! hermosos aportes, por cierto. Le diré a mi hijo Remo de 3 años que ha estado en lo cierto todo este tiempo "era murciégalo!". Un abrazo querido amigo.-