lunes, 21 de febrero de 2011

La evolución de las palabras

(Publicado por La Voz del Interior, en su suplemento dominical "Temas" del 20/02/2011)

Charles Darwin, el autor de la teoría de la evolución y la selección natural, estaría orgulloso del avance de su hipótesis hacia otros campos del conocimiento. Sí, las palabras y las especies vivas tienen la misma característica: ambas evolucionan, mutan, se modifican adaptándose a su entorno. Pero es un proceso truculento que incluye la aniquilación de los débiles en manos de los más desarrollados, de aquellos que mejor se han adaptado al entorno que habitan.

Es increíble que cosas tan distintas como un ser vivo, por ejemplo una paloma, atraviese el mismo proceso que una palabra cuya misión, lejos de tener vida o tan siquiera corporalidad, consiste en ser el código misterioso para que unos y otros entendamos lo mismo. Es un eslabón en la cadena de comunicación entre las personas, es una metáfora de la verdad. Por consiguiente una mentira. Una paloma y la palabra paloma sólo tienen relación en un contexto acotado: el idioma español, la Plaza San Martín, el año 2011. Pero inclusive un sustantivo tan cotidiano y mundano significará otra cosa diferente a colúmbido si nos referimos a una señora llamada Paloma (como “la” Paloma San Basilio o Paloma Picasso), y más de lo mismos sucederá si queremos comprar un perfume con ese nombre en Fioranni Free Shop. Inclusive algunos amigos regresan por estos días de La Paloma, en Uruguay. Y todo esto, casualmente, con una palabra común, y bastante unívoca como paloma que no tiene nada que ver al lado de cabo, cura o capital que son bastante polisémicas. Pensemos en el cabo Martínez, ayudante del sargento López que viaja, al fin y al cabo, a Cabo Polonio. O el caso del cura que no tiene cura con sus ideas reaccionarias. O las enormes diferencias entre el capital de Marx y la capital de Cuba, La Habana.

Pero paloma es un ejemplo minúsculo, una pequeña piedra que se erosiona en el océano del lenguaje español. Cada ciudadano, cada hispano-parlante es una insistente ola que hace arena esas piedras llamadas palabras en un trabajo perenne, lanzando sus letras como la espuma del mar, hacia el oscuro olvido que reina en las partes muertas de la lengua. También hay que ser optimista recordando que esa misma cadencia marítima generará nuevos términos y recibirá en su playa lo que llega desde otras costas y emerge en nuestra comunicación cotidiana. De hecho, la tecnología impone ese entorno apto para la vida de algunas familias de términos pero también establece un clima fatal para vocablos que están en peligro de extinción. Recordemos bochinche o damajuana que ya nadie pronuncia y que jamás aparecerán en un sms. Hay personas tan preocupadas por estas desapariciones anunciadas que se ha generado una red de padrinos de palabras en vías de extinción.

Para retomar el optimismo, veamos los neologismos, esos inventos que un autor lanza en una botella al agua, y muchas veces son recibidos por miles y miles de personas quienes inmediatamente los propagan. Pero también son esos lectores, escritores, hablantes, quienes se apropiaran de términos prestados o robados a otras lenguas, demostrando empíricamente que el cruce de las especies –en este caso de culturas- es la base de la supervivencia.

Graciosamente la neología (ciencia que estudia los neologismos) está aceptada recientemente en los diccionarios. Es que, si lo pensamos bien, recibir un Spam, chatear y logearse para una teleconferencia con conceptos entendibles desde hace muy pocos años. Segundos, en términos de la historia de la lengua. Y, para redondear se puede recurrir a Borges quien afirmó “todas las palabras fueron alguna vez un neologismo”. Inclusive, habrá que detenerse en la palabra español, un término relativamente actual (data del SXII) que proviene del provenzal y designaba a los hispanos godos que huyeron del los árabes. Pero pensemos que aparcar el auto, apretar el embrague y, una vez detenido el vehículo, telefonear a alguien son acciones viejas pero también relativamente recientes. La tecnología hace circular una fuente inagotable de multitargets, laptops, e hipertextos, pero no es la única vertiente si analizamos sueter (sweater) y pulóver (pullover) que son pruebas del poder de la moda. O, el jet lag del turismo, el alzheimer de la medicina, y cualquiera otra ciencia podría dar su propia cosecha poética. De hecho, hablando de cosecha, ambientalista o tsunami están estrenando su lugar en el diccionario oficial, que también va sumando conceptos más –supuestamente- cultos, como buñueliano, en alusión la estética del director de cine español Luis Buñuel.

Sin embargo, las promiscuas castellanizaciones no son lo único que le pasa al idioma: la supervivencia de las especies mas aptas está presente en aquellas palabras que subsisten más allá del paso del tiempo, a veces agazapadas en la maraña de oraciones, a veces peleando por su supervivencia en cada nueva edición de un manual ortográfico. Otras tienen más suerte y su trayectoria crece y se diversifica, o recobran vigencia como Discriminar, que es un buen ejemplo (con su descendencia de la palabra crimen), de las posibilidades para ganar protagonismo en las últimas décadas, variando su sentido, casi al inverso. Antes, alguien que no discriminaba era un incompetente que no discernía, mientras que desde hace un tiempo, el uso mayoritario nos dice que el discriminador es un tipo despreciable. Avatar es una palabra que cumple con esa condición de resurgimiento, por haberse convertido en un término cuyos significados son muy variados: es un concepto hindú que señala la corporización de un dios, es un alter ego, a su vez señala una vicisitud –cuando se trata de los avatares de la vida-, y desde hace un tiempo la representación gráfica de una persona en un programa, por ejemplo un juego de rol, e inclusive Facebook. Todo sin hablar de la película Avatar (2009) cuyo título retoma este sentido.

Para estos temas, 2010 fue un año movido ya que la i griega corrió riesgo de morir reemplazada por la ye, y vimos como –sobre todo en España- surgían castellanizaciones que invadían la televisión y desde allí se derramaban a todo el planeta castellano. Heredada del inglés, por ejemplo, friki (descendiente de freaky) es la que despierta más simpatía, al contrario que güiski –adefesio español para designar la bebida sagrada que llamamos wisky-, o pirsin para la práctica adolescente de hacerse un piercing.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Alejandra Jazmin Sánchez Salinas

Me pareció muy interesante este tipo de información debido a que nos proporciona gran ayuda para conocer mucho mejor la evolución de las palabras

Anónimo dijo...

Tania Nolasco Amaro

Conocer mas a fondo sobre la evolución de las palabras me pareció un tema de suma importancia porque nos hace ver como es que las palabras cambian y cual es su origen, y como se han ido transformando a lo largo de la historia.