domingo, 23 de noviembre de 2008

La triste historia de los teletrófonos, o de Como se desarrolló la telefonía

(Publicado por el suplemento dominical Temas, de La Voz del Interior, en su edición del 23/11/2008)


Recuerdo nítidamente cuando instalaron el teléfono en mi casa. Fue en los primeros 90s. Vivíamos en Argüello con toda la familia y debimos pagar una infinitas cuotas del plan Megatel. Empezamos con poco más de diez australes y terminando con varios cientos, tal vez ya existían los pesos. Como yo no pagaba, no podría precisar aspectos económicos de una adquisición que, por primera vez, me puso en un plano de igualdad con algunos amigos más afortunados. Desde ese día, y hasta la aparición del represivo candado estacionado en el “1” del disco, me independicé de los vecinos que generosamente habían prestado el aparato, o habían recibido algún mensaje. Vale decir que era una injusta víctima adolescente de la incomunicación. Inclusive, como si el cable que unía el poste con la “habitación del teléfono” no se viera, sopesé trasladar conmigo la guía hasta el almacén, para que todos en el barrio supieran que había un nuevo muchacho comunicado con la modernidad.

Este merecido acto de justicia que marcó mi vínculo con las telecomunicaciones y potenció mis relaciones sociales, guarda algún paralelismo con la propia historia de la telefonía mundial. Aunque en este caso la injusticia fue mayúscula.

Se dice casi al unísono que Graham Bell (1847-1922) inventó la telefonía, y parece una aseveración que viene corroborada por un prolongado riiiiinng! Viendo una foto de Bell, nadie discutiría con ese escocés de blanca barba sabía, e inapelable aspecto de inventor. De hecho, y tal vez gracias a su barba, Bell fue uno de los pocos inventores del SXIX que consiguió reunir una fortuna en vida con sus proyectos fundando su propia compañía.

Quien sufrió más que un abonado a Megatel fue Antonio Meucci. El verdadero inventor de lo que él llamó teletrófono, murió considerándose un perdedor.

Antonio Meucci (1808-1898) nació en Florencia y estudió ingeniería en la Escuela de Bellas Artes. Emigró a Cuba en 1835 debido a su comprometida posición ideológica. En la isla, además de trabajar en un gran teatro, desarrolló numerosas investigaciones entre las que se destacaba un tratamiento para el reuma (enfermedad que también aquejaba a su esposa) con pequeñas descargas eléctricas. Fue entonces cuando notó que la conductividad de los alambres permitía transmitir la voz. De Cuba pasó a EEUU en 1854, donde generó un sistema doméstico de comunicación entre la habitación de su postrada esposa y su estudio. Este invento fue la base de la telefonía. Por entonces, además de investigar esta tecnología, Meucci tenía una fábrica de velas y le daba cobijo a cuanto italiano estuviera en problemas. Hasta Garibaldi fue recibido solidariamente y ayudado por el inventor.

En 1871 hizo su primer patente para el invento que revolucionaría la humanidad, después de haber organizado varias demostraciones. Sin embargo, como no había podido reunir suficiente dinero, debió conformarse con un registro provisorio que renovó dos años sucesivamente. Ya en 1874 no pudo revalidar el registro. Mientras tanto, con la intención de difundir sus avances, había dejado demasiados antecedentes en manos equivocadas. Pareciera haber pruebas que algunas de esas manos le dieron la pista a Bell, quien en 1876 –ni lento, ni perezoso- hizo una patente definitiva del teléfono. Algo que el italiano nunca pudo darse el lujo de pagar. Meucci, desesperado, pobre y continuamente traicionado por sus propios abogados enfrentó al escocés en los tribunales todo lo que pudo, inclusive consiguiendo que el gobierno terciara a su favor. Pero no fue suficiente, moriría antes de obtener su reconocimiento y se llevaría a la tumba las pocas chances favorables del proceso legal. Durante el proceso legal, la el negocio de telefonía crecía a pasos agigantados.

Pasó un siglo y Bell era el papá, la mamá, y el abuelo de los teléfonos. Pero la justicia norteamericana es misteriosa y persistente: el 11 de junio de 2002 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la resolución 269 donde se reconocía que Meucci, de barba menos prometedora que Bell, era el padre de la criatura.

Si hay un bar donde se reúnen post-mortem los inventores, el mozo, con el inalámbrico en la mano se habrá acercado a la mesa de los inventores y, esquivando a Bell, habrá dicho en voz alta, “llamada desde el congreso de los EEUU”, “es por el invento del teléfono” y Meucci, con el mentón hacia arriba, habrá atendido diciendo “sí, sono io...

“sí, le escucho bien…”

“claro que recuerdo…”

“¡Oh! ¡Cuánto me alegro!...

“Por favor, ¡cuéntenle a Garibaldi!”

Por mi parte, en 2002, mis padres ya habían terminado de pagar el plan Megatel. Argentina era un mundo signado por números telefónicos que empiezan con 4 y yo tenía celular. Empezaba con 070.

El teléfono en la Argentina

En la Argentina, el teléfono número 1 fue instalado por el técnico Víctor Anden, el martes 4 de enero de 1881. El beneficiario fue el Doctor Bernardo de Irigoyen, Ministro de Relaciones Exteriores, que vivía en calle Florida casi Viamonte. El teléfono número 2 fue para la casa del presidente Roca. Cuando terminó ese año había veinte líneas conectadas. Al año siguiente había seiscientos abonados. Han pasado 127 años y en el país hay cerca de 9 millones de teléfonos fijos. En el mundo se cuentan cerca de 1.300 millones de usuarios. Según Digiworld 2007, el volumen del negocio alrededor de la telefonía tradicional se sostiene gracias a servicios añadidos, como el acceso a Internet, ya que la cantidad de líneas decrece. Sin embargo, los nuevos prestadores de Internet comienzan a prescindir de la línea y, como amenaza extra, ofrecen una nueva generación de comunicaciones telefónicas sobre plataformas IP. Éstas son súper-económicas, permiten enviar datos en simultáneo y desconocen el concepto de “larga distancia”.


(Continúa en 25 años de comunicaciones móviles)


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