lunes, 18 de mayo de 2015

El rabdomante de las palabras cordobesas

Un homenaje a Daniel Salzano en los preliminares de su cumpleaños. 


Publicado en el Suplemento Temas de La Voz del Interior del 17/5.



(1) Daniel Nelson Salzano. Córdoba 22 de Mayo de 1941 - 24 de diciembre de 2014.
Poeta, divulgador y gestor cultural. Publicó en La Voz del Interior durante casi 50 años, desde 1968 y hasta su último día. Sus textos también fueron recogidos por numerosos medios pero dijo “nunca escribí en otra parte que no fuera La Voz. Creí que era una hazaña, pero ahora me doy cuenta que es un honor”. Parte de su trascendencia y popularidad nacional está ligada a la composición de canciones junto a Jairo y, anteriormente, a Juan Carlos Baglietto.
Editó los siguientes libros: oh beibi!! (1968); Versos que escribí para que tocara Jelly (1974); El libro de Amador (1981); Flor de pasión (1983); No puedo dejar de Quererte (1991); El Alma que Canta (1993); Los días contados (1996); El espadachín mayor de la ciudad (1999); El muchacho que no sabía llegar al fondo de las cosas (2003); Llévame volando a la luna (2005); Cincuenta de los grandes (2008); Biblioteca Daniel Salzano: Daniel Salzano y el deporte /… y Córdoba / …y el arte / …y el mundo (2013).
Es autor del CD Córdoba dicha (1995) y las obras teatrales Revolver (1993), Dale mis saludos a Córdoba (1998), y Fahrenheit 451 (con ediciones entre 2000 y 2010).
Recibió la distinción Jerónimo Luis de Cabrera, fue reconocido por la Asociación Argentina de Críticos de Arte, designado ciudadano ilustre, e impuesto con la orden de Isabel La Católica por SM El Rey de España.
Fundó el cine Sombras, el cine El Ángel Azul (dos veces), el Centro Cultural España. Córdoba, y el Cineclub Municipal Hugo del Carril que dirigió hasta el momento de su muerte.



“la emoción es un muy buen motor para escribir”




(2) Redactar una nota sobre Daniel Salzano es completamente imposible: Las palabras salen pitando en sentido opuesto a la composición, las teclas se pelean entre si y la pantalla se eclipsa con imágenes cinematográficas que aluden a Betty Boop. Es natural que las computadoras no resistan el voltaje de un personaje que, sépanlo desde el comienzo señores lectores, escribía en una Olivetti Lettera 35 y decía cada cuatro párrafos “era una explosión”.



(3) Pero Hagamos un intento: Nuestro héroe ostentaba 175 centímetros de literatura (en gran medida americana) envasados en 75 kilos cinematográficos. Poseía una escultórica silueta de domador de butacas y bibliotecas. Tenía los dedos tan gastados por darle a la máquina de escribir refunfuñando y lanzando uppercuts, como por acariciar los lomos de los libros exhibidos en la librería de Rubén.
Nacido y criado en la calle Charcas, a la sombra de los alaridos de las locomotoras, siempre fue un antiacadémico que aprendió a escribir en resmas de servilletas robadas exigiendo libertad. Sépanlo, insisto, tipos como Daniel Salzano sólo necesitaban un curso de mecanografía.
Decidió ser poeta leyendo a Tuñón en un tranvía, y pretendía demostrar que estaba vivo escribiendo. Por eso es inmortal. Confió en sus manos. Yo las conocí y puedo jurarlo, era el poeta mayor de esta ciudad.
Vivió en España para corroborar que el Bernabeu es una mala copia de la Boutique y para pelearse con Rafael Alberti cuando este último le pegaba trompadas a la pared para que su vecino, el Espadachín mayor de la Ciudad de Córdoba, Argentina, dejara de joder con la máquina de escribir.
Fue allá, en España, donde Salzano vio renacer a la democracia argentina, y tomando imágenes de una reunión con Alfonsín y su gato, escribió ganaremos papá texto y homenaje a su viejo, un ferroviario radical. Como debía ser.
Caminó Madrid de punta a punta pero nunca encontró un cortado al revés que huela como una etiqueta de Saratogas recién abiertos -sus fasos preferidos- y, habiendo viajado por todo el globo (sí lectores: desde el transiberiano, hasta la China) nunca encontró un feca mejor tirado que la tacita del Derby, en el Windsor. O el del Sorocabana. En síntesis, el poeta concluyó que el sabor de un café surgía de compartir con un amigo.
Entonces se volvió a Córdoba y ordenó alfabéticamente a los trajes más alegres del microcentro en su guardarropas. Salzano nunca había perdido la tonada pero había ganado los años de libertad autografiada por Felipe González, mientras acá languidecíamos de apatismo recalentado en el microondas del menemismo. Salzano traía la libertad y se notaba porque vestía como una persona feliz.

Poseedor de una melena felina e importante, la cara de Daniel se caracterizaba por cierto semblante que los guasos de la calle Colón, en el negocio de revistas usadas frente al cine El Ángel Azul, definían como gran cara de orto que se veía potenciada por una llamativa distancia entre su inigualable nariz y el labio superior. Salzano, señores lectores, exhibía unas cejas densas como una película de los hermanos Taviani y ostentaba un enorme poder, fundamental para ser una deidad cordobesa: tenía un sentido del humor XXL. Podía poner dos palabras vulgares, patearlas y meter ambas en el arco de nuestro corazón.
Minas, guasos, autos, yeites, marcas de fasos y edificios emblemáticos de la ciudad componían un particular índice de recursos que podían arrancarle una sonrisa al más cabrón, resentido o neomarxista del bar.

Muchos han pasado domingos destinados a la melancolía en su casa de Derqui y Chacabuco llorando de risa hasta que el reloj juntaba las manitos de la bohemia y el sueño. Inclusive varios dormimos una resaca en el sillón del living con el amanecer sobre los canillitas y el café, felices de la cercanía y la amistad. Esa casa, con su escalera inicial, y la delirante terraza protegida por leones holiwudenses, fue el epicentro de una adolescencia incandescente que señaló a Daniel Salzano como el más rebelde del curso.
Diabético cinturón negro, cardíaco de prestigio ascendente, era el hombre que amaba los caballos, él que podía bailar sólo, decirte diez películas con diez polvos monumentales y regalarte un libro. Y otro. Y otro.
Ese era Salzano, explorador de territorios remotos como el arte de amar. Su primer libro empieza hablando de una mina (su esposa y amor infinito) y las últimas palabras que me regaló desde la camilla fueron sobre otra chica, su nieta “Amo a la mujer apoyada sobre un codo…” decía ese viejo lobo de mar en la primer línea de su primer libro porque sabía que eso funciona como prefacio y epílogo de todo lo que escribió el espadachín mayor de la ciudad.

(4) Caminábamos desde Nueva Córdoba hasta Güemes cuando sonó el timbre de abajo. Era la metástasis del desarrollismo inmobiliario que quería el templo de Derqui y Chacabuco. Aquella casa, donde todos fuimos candidatos a varios óscars, era una catedral para combatir la orfandad y, a pesar que Daniel era más testarudo que un tocadiscos, la ruleta de la ciudad le hizo cambiar de casillero. Los Salzano se mudaron y muchos perdimos la brújula.

(5) Y ahora les voy a contar la mejor anécdota: se juntan varios amigos, hacen un cine, les va bien y ganan dinero. Se reúnen para resolver cómo invertirlo y establecen las siguientes opciones: (1) dar la vuelta al mundo –obvio pero hermoso-; (2) hacer una película; (3) hacer otro cineclub. Ay carajo, van a elegir la tres. Ay carajo, van a venir los milicos. Tranquilos: la vida te da sorpresas. Ese cine arrebatado a la libertad volverá a ser fundado por Salzano y se llamará, nuevamente, El Ángel Azul. ¡Chupate esa mandarina!

Hagamos la película nosotros, lectores, preparemos la valija.

Hay más anécdotas. Muchas más. Un amigo arquitecto hizo una linda intervención y, sin esperarlo, ligó un reloj antiguo. Una becaria recibió esos libros que nunca leyó. Era una inmensidad de literatura. Ese guardia volvió a creer en Dios después que le regalaron una navidad pródiga, y ese transeúnte anónimo levantó un libro de un banco y se enamoró de la vida nuevamente aunque no percibió que tenía, en la primera hoja, la marca de agua de la legión de libros de Daniel. Libros que él mismo colocaba en las zonas más energéticas de la ciudad. El rabdomante invirtió toda su generosidad en señalar nuestras zonas más dulces.

(6) Epílogo (y último recuerdo -hoy disponible en Youtube-). Se cumplen 30 años de democracia, es 10 de Diciembre de 2013. La policía estuvo acuartela, tenemos miedo. La ciudad demuestra valor y le habla a la gente. Canta Jairo, aparece Salzano con una banderita en el bolsillo y habla, tal vez por última vez en su vida, ante el público.
Estas son parte de sus palabras:
Estoy delante de ustedes pero no los veo / los imagino tan hermosos como todos los días / quería decirles un par de cosas: / porque es una noche para el amor / esta noche estamos aquí porque somos libres / me gusta llegar a esta edad y decir “soy un hombre libre” / justifica toda una vida, y hasta la de mis padres / pero no nos descuidemos / viene el diablo blanco y chac te come la patita / pero vamos a defendernos un poco más / ser libre y estar entre amigos / vale la pena.-

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