lunes, 10 de febrero de 2014

38

El martes 11 de febrero se cumplen treinta años de la primera vez me dieron una buena paliza. Mi papá nos hizo choripanes y después nos fuimos a jugar a la pelota a un baldío que hoy es un barrio cerrado. Debemos haber sido cerca de diez, y jugamos contra los que estaban en la canchita. Ganamos el partido y varios ojos morados. Dejé el futbol.
Hace 24 hice un asalto. Primero y último. Un fracaso como tarjetero de mi propia fiesta porque, cuando jugamos al semáforo, debimos dar varios besos del mismo sexo. Y no estaba vigente, era un mal cálculo. Hace 23, creo, fuimos con mi gran amigo a matar palomas con el revólver de su papá -sacado sin permiso-. 6 balazos y ninguna paloma. Creo que empezamos a fumar ese día. Y a comer mandarinas para tapar la evidencia. Un cura nos corrió a escopetazos. Feliz pum-pleaños.
Hace 20 años festejé por última vez mi cumpleaños en casa de mi mamá. Fiesta brava. Yo me propuse dejar de fumar. Cada año.
El resto de las anécdotas son levemente frustrantes.

Sin embargo, desde hace un tiempo cuya métrica pertenece al jazmín de mi vecino, fundamos una familia con Laura y la cosa volvió a ponerse buena. Somos cuatro invencibles. O casi.
Por mi parte, bajé, subí, aplaudí y lloré.

Tengo más de cien puntos conquistados en una bicicleta yincia; nariz rota; botellazo en una ceja y pedrada en la otra; mandíbula desecha por mi mismo en una posterior bicicross; una pecera con 27 años de complicidad; peso variable y pocos cariños estables, a más de los míos más cercanos.
Entonces brindemos, brindemos por estar juntos.
De nuevo.
Escuchemos música y levantemos hacia las campanas una carcajada con forma de abrazo.  

No hay comentarios: