lunes, 12 de agosto de 2013

El Genaro Pérez se viste de fiesta (local)

(Publicado por Arte al Día Internacional 143)

DI PASCUALE, MANDRILE, CASTIÑEIRA Y CHALUB
Museo Municipal Genaro Pérez, Córdoba
por Pancho Marchiaro
Con la inauguración de las muestras de Lucas Di Pascuale, Cecilia Mandrile, Romina Castiñeira y Luli Chalub el museo cordobés que alberga una importante pinacoteca local consigue un interesante tránsito entre los pintores precursores de su colección permanente y algunos de los referentes más refrescantes de la nueva generación.
Lucas Di Pascuale (1968) es un artista de la generación intermedia que ha hecho equilibrio durante su carrera entre el galerismo y la investigación. Nos enfrentamos a un caso de exhibicionismo familiar que, lejos de la autoreferencialidad a la que nos someten algunos artistas actuales, indaga sobre su universo familiar de la mano de una técnica mixta que interviene fotografías con objetos y escenarios íntimos y domésticos. Di Pascuale, un esteta desde sus primeras obras, abre a los visitantes una red de posibilidades semánticas en formato de instalación. Su historia es, finalmente, la de muchos argentinos atravesados por un pasado de plomo. Yerba mala, desde el nombre, es un descarnado conjunto de piezas que opera como un túnel que conecta la política, la historia y las vivencias. El artista consigue así hacer eco en cada visitante, interpelándolo, incomodándolo.
Cecilia Mandrile (1969) Debido a su incesante carrera internacional, consigue un idioma universal que se aparta de las referencias historiográficas de Di Pascuale sosteniendo la importancia de la mirada, como bien destaca el maravilloso texto del catálogo escrito por Federico Falco. Con una carga de angustia latente, el paso del tiempo y el tiempo de paso marcan la obra nómade de una artista eclipsada por la fragilidad y por una lacerante nocturnidad donde el rostro de la mentira marida con la intimidad interior de sus muñecas. Éstas constituyen la más dolorosa demostración del calendario vital en movimiento. Destacan las fotografías y los exóticos praxinoscopios en el conjunto de elementos dispuestos en las salas del museo.
Romina Castiñeira (1985) presenta su trabajo Espacio – vacío, una confortable manera de abordar sus interrogantes desde un conceptualismo al que le han oprimido el F5. La métrica de la nada que propone mediante una pieza vencida por la fatiga de representar lo irrepresentable, visibiliza la existencia de lo inexistente, señala que la nada está, que es. Y lo hace de la mano de materiales con reminiscencias médicas, con características artificiales. Castiñeira no teme a la inesperada estética del ascetismo sintético para abordar aquellas abstracciones que acompañan la humanidad desde los griegos a esta parte.
Luli Chalub (1967) presenta, en una plataforma especialmente dedica por el museo, algunos de sus trabajos recientes. A diferencia de los artistas relevados en la misma fecha, Chalub apuesta por e
l trazo, por el gesto simple y decidido. Sus piezas, de carácter eminentemente visual, parecieran esconder toda la voluntad punk que sostiene la niñez. Como los grandes maestros, cada rostro, cada gesto, es una máscara. Sus figuras son pasamontañas que ocultan superficies y liberan pensamientos. Chalub no pinta, escribe jeroglíficos de forma sintética e icónica.
DI PASCUALE, MANDRILE, CASTIÑEIRA AND CHALUB
Museo Municipal Genaro Pérez, Córdoba
by Pancho Marchiaro
With the opening of the exhibitions of works by Lucas Di Pascuale, Cecilia Mandrile, Romina Castiñeira and Luli Chalub, Córdoba’s Gnaro Pérez Museum, which lodges an important local painting collection, implemented an interesting exchange between the pioneering painters in its permanent collection and some of the most refreshing referents of the new generation.
Lucas Di Pascuale (1968) is a mid-career artist who has found a balance between gallery exhibitions and research over the course of his career. We are faced with a case of family exhibitionism which, far from the self-reference that some present-day artists subject us to, inquires into his family universe through a mixed media using objects and intimate and domestic settings to manipulate photographs. Di Pascuale, an aesthete from his very early works, opens up for visitors a network of semantic possibilities resorting to an installation format. His story is, ultimately, the same as that of many Argentineans marked by a past of political violence. Starting with the title itself, Yerba mala (Bad seed) is a stark series of works operating as a tunnel that connects politics, history, and personal experiences. Thus the artist succeeds in producing an impact on each visitor, questioning and disturbing him/her.
Cecilia Mandrile (1969) Due to her unceasing international career, she achieves a universal language that moves away from Di Pascuale’s historiographic references asserting the importance of the gaze, as accurately pointed out in the wonderful catalogue text written by Federico Falco. With a load of latent anguish, the passage of time and the time of transit mark the nomadic oeuvre of an artist eclipsed by fragility and by a lacerating nocturnality, where the face of lies combines with the interior intimacy of her dolls. The latter constitute the most painful demonstration of the vital calendar in motion. The photographs and the exotic praxinoscopes are especially noteworthy among the array of elements displayed in the museum galleries.
Romina Castiñeira (1985) presents her work Espacio – vacío, a comfortable way of addressing her quandaries from a conceptualism on which F5 has been pressed. The metrics of nothingness that she proposes through a piece defeated by the fatigue of representing the unrepresentable, renders visible the existence of the non-existent; it indicates that nothingness exists, that it is there. And she does so resorting to materials with medical reminiscences, with artificial characteristics. Castiñeira is not afraid of the unexpected aesthetics of synthetic asceticism when she addresses those abstractions which have accompanied humanity from the time of the Greeks to the present.
Luli Chalub (1967) features some of her recent works in a platform especially devoted to her by the museum. Unlike the artists surveyed at the same time, Chalub focuses on the trace, on the simple and determined gesture. Her pieces of an eminently visual nature seem to hide all the punk will of childhood. As in the case of the Old Masters, each face, each gesture is a mask. Her figures are ski masks that hide surfaces and liberate thoughts. Chalub does not paint, she writes in hieroglyphs in a synthetic and iconic way.