domingo, 19 de mayo de 2013

Fordismo y postfordismo en la TV Argentina. 678 o PPT

A los efectos de definir las industrias culturales en general, la TV o el audiovisual doméstico en particular, vienen a cuento las ideas de Zallo quien sugiere “un conjunto de ramas, segmentos y actividades auxiliares industriales productoras y distribuidoras de mercancías con contenidos simbólicos, concebidas por un trabajo creativo, organizadas por un capital que se valoriza y destinadas finalmente a los mercados de consumo, con una función de reproducción ideológica y social”. 
Ajustada la idea de Industria Cultural vale decir que el fordismo es un modelo de industrialización propio de comienzos del SXX y vigente hasta la crisis de los 70s cuando se impusiera una versión denominada el Toyotismo. El fordismo se apoya en
la producción seriada y mecanizada con buenas condiciones para los trabajadores. Reajustado con ideas keynesianas se pretendió darle un mayor compromiso social con los actores involucrados en al producción. Sin embrago fue superado por el Toyotismo, un modelo más preciso con mejores procesos de gestión y una individualización del trabajador, muy a pesar de Mr. Burns. Así el jefe del sector 7G recupera es cada vez más Homer.
En televisión, según Graham, el proceso fordista estaba apoyado en la producción de receptores, así como en el ageneración de contenidos televisables. Con un capitalismo exacerbado, la acumulación impulsó la fabricación de aparatos mediante diversas técnicas como la imposición de avances científicos y la inyección del concepto de obsolescencia. Pero, tal vez indirecto pero muy importante, lo que realmente instaló a la TV como el tronco del capitalismo de la segunda mitad del SXX fue su capacidad para difundir y promocionar bienes codiciados y simbólicamente referenciales de la clase media americana. Esta operación se completó con un proceso igual, de imposición y posicionamiento, de una elite intelectual y política unánimemente proyectada desde la pantalla. Mientras las instituciones tradicionales, como la iglesia perdían terreno, la industria electrónica conseguía un equilibrio con las fuerzas estatales, los patrocinantes y el público televidente.
El menú de la TV ofrecía productos precocinados y producciones de larga duración consiguiendo televidentes prefabricados, crítica que Aldous Huxley en su obra “un mundo feliz” le haría al modelo fordista ironizando con niños prefabricados. Estas nuevas familias, habitantes de la privatización móvil del Birminghiano Wlliams,  estaría en manos del estado en algunos estados como en Europa, Privados, en EEUU o híbridos configurando de qué manera las tecnologías se transformaban en ámbitos de comunicación social (más Williams). Siempre haciendo equilibrio entre el tirón de demanda de aparatos mediante cambios de tecnología y, por otro lado, la construcción de un canal de marketing fordista y masivo subvencionado por el uso gratuito del espectro se conseguía, como se dijo, una opinión pública cohesionada para el stablishment político y su intelectualidad.
Hoy, muchos años después, aun persisten estas dinámicas presentes en una intención de situar determinados debates en programas de canales públicos como 678, mientras que PPT, desde Canal 13 hace un esfuerzo en sentido contrario, preocupado por los intereses de una compañía.
Esta referencia a la actualidad permite ilustrar la descomposición del modelo fordista, pues sin ánimo de hacer un acto de futurología, cuenta la propia historia de la TV –del fordismo al postfordismo- que el satélite, el cable y la banda ancha son al consecuencia de la aparición de consorcios empresariales con un peso específico enorme e intereses más amplios que los específicamente televisivos. Estas compañías que provenían de los sectores de defensa y telecomunicaciones se expandieron como un Dino Egg trasnacionalizándose desde lo comercial hasta lo económico, ramificando en lo político. Los contenidos perforaron fronteras infiltrados en los circuitos y cables, y se insuflaron de coraje gracias a la VCR que permitió hacer televisión con menores recursos, al mismo tiempo que establecen una relación parasitaria con el aparato al poder gravar y reproducir con independencia. Ramón Zallo, cambiando de autor, cree que ese nuevo modelo televisivo está controlado por un programador y no por un director. Como consecuencia se producen productos para los criterios del mercado –como en ese chiste frecuente de la tv que se rie de sí misma al incluir un personaje que, en nombre del canal, exige cambios drásticos en una producción debido a los gustos y estudios del público. Todo el proceso está, en cierta medida, monitoreado por una compañía en función de sus intereses.
Mientras que el fordismo ha sido un modelo de producción audiovisual estructurado, el postfordismo y sus características se salen de la pantalla para “pantallizarlo” todo y exigirle a la realidad que entre en su pantalla, en sus horarios picos, en sus reglas de juego.  El nuevo mercado cultural es, al mismo tiempo que global, enredado, y en procesos rizomáticos que han jaqueado la capacidad de control e incidencia del estado, salvo claro, que este último mute a un modelo de guerra de guerrillas a la par de las corporaciones, y por consiguiente como una más. 


Con un modelo de producción más económico y libre, la capacidad de construir ideología y legitimidad política de la TV se diluye dejando cada vez más espacio para el espectáculo. PPT, para sostener el ejemplo, no sólo informa –si lo hace- sino que debe divertir para sostenerse. Programas superconsumidos, como JackAss son el postfordismo en su máxima expresión: hechos por pocos, sin cadena de producción clara y haciendo de los antivalores un producto.  Los nuevos productos audiovisuales, como los espectáculos deportivos (porque lo son, ténganse en cuenta que han perdido su razón de ser en sí misma –jugar al futbol- para hacerse a la hora que conviene programarlos subvirtiendo su naturaleza), los conciertos, y hasta los acontecimientos históricos, etc.
Una consecuencia de los antes dicho es que se profundiza la “desregulación” y privatización del sector. Mientras que el fordismo creía en el valor trabajo que incrementa el capital  (se satisfacen necesidades y por consiguiente se reporta una carga social positiva y objetiva, el postfordismo el utilismo hace que los productos valgan según la opinión de los televidentes  y sus subjetividades. El propio Zallo reconoce que “cada vez más, el saber intelectual se incorpora al sistema de máquinas, aunque con límites reales inherentes a la naturaleza y destino de la producción simbólica. El trabajo se dirige cada vez más a la definición de una novedad, un tema, una noticia –que aliente al mercado vía renovación continua- que al conjunto de fases de formación del producto”.
Las mismas noticias han dejado de ser un compacto que le relata al televidente lo que pasó, para pasar a ser una razón de los acontecimientos, siguiendo la línea de Innerarity (Granhermanismo político). Esta simbiosis entre realidad y televisión obliga a quienes deseen hacer un acontecimiento a hacerlo para la TV, y no como fuera en un comienzo.

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