(Publicado por el Suplemento Homenaje de La Voz del Interior, 30/7/129

Entra un señor y nos trata de señores. Miedo. Entra otro señor y dice “salvete alumni”. Casi al borde de hacernos pis, nos paramos y empieza la primer clase del primer día del Monserrat, un mundo misterioso de palmeras infinitas y adultez. Especialmente para un niño de 10 años.
Después de eso, todo es compañerismo y eminencias que, en sus clases, aportaban las bases intelectuales para construir esas personas que empezaban a erigirse.
También había perversos y conservadores (adjetivos que normalmente cuajaban en la misma persona) pero, del Monse, lo que queda no es de los otros sino propio: la firme convicción que el conocimiento es libertad, el primer bien del todos y todas.
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