sábado, 30 de enero de 2010

Viajar

(Publicado por la sección de Opinión de La Voz del Interior, el sábado 30/01/2010)

De la misma manera que sacamos algo de la heladera, hubo un tiempo remoto cuando alimentarse exigía recorrer grandes distancias hasta el árbol con frutos. Hubo otro tiempo, cuando los antiguos levantaban la vista aterrorizados cada vez que temían haber perdido el camino que las estrellas, como una pista de aterrizaje astral, le indicaban.

Las andaduras fuera de la tierra natal sólo podían tener dos causas que, al fin y al cabo eran una. O se viajaba en pos de aventuras, conquistas y comercio, para conocer otras culturales, saciar la curiosidad y abultar la fortuna; o se viajaba por motivos religiosos. Atentos a que cultura y culto responden a un mismo y remoto ancestro etimológico, se viajaba casi por el mismo motivo: para llevar allá lo propio, o para traer lo ajeno. Para polenizar. Los viajeros podían sentir algún placer visceral porque eran amantes de lo inesperado, eran temerarios en busca de otro destino, pero nada de confort. Iban allá donde las olas les arrastraban, basándose en mitos hasta darse de lleno contra las tortugas que sostenían el mundo; o en dirección contraria, contra el polvo para que el desierto los reciba con un abrazo de fuego; o que los seduzca el remoto exotismo del país de la seda. Algunos subían al barco del capitán Ahab en busca de la ballena blanca; o penetraban el África con el rifle al hombro; estaban quienes volvían a casa con un puñado de pepitas de oro en los calzones; y quienes se subieron al transatlántico con tanto hambre que nunca pudieron dejar de llevar un bollito de pan duro en el bolsillo del saco. Con forma de puño de trabajador.

Estos viajeros, cuando la noche empezaba a abrir su negra boca para tragarse al día, sentían un nudo en la garganta y se preguntaban, como dice Amos Oz en No digas noche, “¿qué promete la última luz y qué podrá cumplir?” Y a la mañana siguiente, como si el magnetismo de la brújula fuera la fuerza más poderosa del mundo, arrastraban nuevamente sus zapatos hacia esa promesa en acuarela.

En estas fechas, los modernos surcamos los cielos, mares y autopistas amparados en nuestros vehículos sobre un planeta que conocemos de forma obscena. Hoy viajamos con la promesa de una incertidumbre milimétricamente prevista. Vamos a misteriosas ciudades, con el city-tour contratado y despegamos hacia el recóndito más allá en un vuelo charter que sale a las 10y10 de Pajas Blancas.

Turistas del globo

Dicen los manuales que el turismo, tal y como lo conocemos, es un invento del siglo pasado (por favor, nos acostumbremos a vivir en el SXXI de una vez). Parece ser que salvo los griegos, no viajamos por placer y ocio, hasta que Thomas Cook empezara a organizar viajes -se lo considera el primer agente de turismo- en la segunda mitad del SXIX. Mister Cook organizó un primer viaje -congreso antialcohol, vaya fiasco- para 500 personas. Pero luego Cook cocinó algo mejor para la Exposición Universal de Londres y consiguió nada menos que a 165.000 clientes interesados en experimentar “un viaje”. Era una camino impulsado por la revolución industrial, con condiciones de transporte (desde lo naval hasta lo ferroviario) evolucionando permanentemente. A partir de entonces, y hasta que Gustavo Santos fuera designado Secretario de Turismo, pasaron otras pocas cosas interesantes: se fundó la Amercian Express, y Cesar Ritz reinventó el concepto de hoteles con innovaciones tan confortables como los baños. ¡Qué alivio!

Después los aviones han volado cada vez más rápido, dejando las hélices por tecnologías propias de los concord e incluso existe el turismo espacial, mientras que los colectivos tienen dos pisos, bar y azafatas.

Pero ojala que el turismo nos deje tiempo para hacer “un viaje” con nuestro hijo tomado de la mano, como los antiguos hicieron para no separarse, mirando fijamente la cruz del sur hasta encontrar una noche serrana con el mejor duraznero de traslasierra. Aquel cuyo alambrado saltemos ante los alaridos de las chicharras ventrólocuas, y trepados en su tronco, tomemos un fruto cuyo perfume se transforme en gota, en jugo reciente chorreando desde la boca de nuestro hijo. Una gota que recorra la misma textura en la fruta y en sus mejillas, para perderse en los valles sagrados de su panza nocturna.-

(En la imagen, Martín Prieto le saca una foto a Sebastián Mealla y Erik Urbieta durante la promesa de la última luz madrileña)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué Bueno, me voy a comer duraznos!