El Rasgueo de la Tradición


(Publicado en la sección de opinión de La Voz del Interior, el 10/11/2009)

El 10 de Noviembre es considerado el día de la tradición, un día del almanaque situado donde hacen esquina tradición y nación. Como muchas otras esquinas, no está libre de choques.

Un morocho bastante grandote maneja la moto con una sola mano. Tal vez por el pelo largo, desde lejos parece ser un heavy, un metalero, pero al acercarse deja ver una remera de Bob Marley y un celular entre la otra mano y la oreja. Ya cuando pasa, a su espalda, sobresale un bombo legüero que le otorga un aspecto caracoliano porque probablemente una parte del grandote habita en ese bombo. Su indumentaria se completa con bombachas y alpargatas. Su aspecto es tan heterogéneo como el repertorio que le regalará durante horas al cielo de Salsipuedes, la capital mundial de las noches largas y estrelladas. Tal vez no lo sepa, pero hoy 10 de noviembre su moto cruza -imprudentemente por cierto- la ciudad hacia ese punto de tensión borgiana que es el día de la tradición, decantación de toda la estética gauchesca sedimentada por el Martín Fierro de Hernández.

El traductor de la tradición

José Hernández nació un 10 de Noviembre de 1834, hace 175 años, fecha causal del día de la tradición. Bonaerense de nacimiento y muerte, vivió en el campo desde su infancia. Allí vivenció la realidad y los símbolos que gauchos y aborígenes tendían entre sí como un alambrado que perfilaba los bordes de la Argentina. Una Argentina que, en rigor de verdad, les ignoraba y se consideraba a sí misma una ciudad cosmopolita y, en todo caso, sus añadiduras.

Como buen intelectual del siglo XIX su vida fue un itinerario por el periodismo, la literatura y la política. Cada una de estas actividades le obligó a exiliarse en distintas ocasiones hasta que la amnistía de 1872 le dio la posibilidad de volver al país de la escritura desde donde editaría, en diciembre de ese año, “El gaucho Martín Fierro”. Ese libro emblemático es considerado el himno / novela / poema culminante de la literatura gauchesca y el sentimiento folclórico argentino. Entre otras obras, Hernández editó hace 130 años, en 1879 (conste en actas: 2009 incluye dos efemérides redondas) la continuación del poema gauchesco llamado “La vuelta del Martín Fierro”, de carácter menos reivindicativo. Sus últimas palabras, en 1881, fueron “Buenos Aires, Buenos Aires...”

Sobre el Martín Fierro hay acuerdo histórico en que no hubo un gaucho en particular cuya historia constituya el relato del libro, aunque sí parece probable que alguien llamado así haya tenido contacto con el autor en la zona donde hoy es Mar del Plata. Técnicamente rebelde, este gaucho protagoniza una historia errante y nómade de ribetes épicos y reflexiones sobre la exclusión y el desprecio del que es víctima él y todo un pueblo, una nación interior, la otra Argentina. Se ha editado en infinidad de formatos e idiomas, incluyendo el quichua, y sólo Borges pudo mandar al rincón a una obra tan brava.

Ernest Renan, historiador francés contemporáneo de Hernández decía que lengua, religión, intereses comunes y geografía eran algunos factores relevantes para sostener la unidad nacional. Luego agregaba

que las naciones no son eternas, que todas han tenido un comienzo y un final, y que cada nación puede definirse con un plebiscito diario. ¿Cómo votaría el conductor de la moto?

El día de la tradición, con su carácter imprescindible y cierto tufo nacionalista que rigurosamente le acompaña, sigue siendo una forma de hacer evidente los contrastes, inclusive personales, de este boceto de país tan confuso que sigue debatiéndose entre progreso (debería llevar mayúsculas) y tradición, identidad (también) y globalización. A diferencia de los xenófobos enfundados en carpincho, o esos chicos falsos rappers calcados de la MTV que surcan los caminos desterritorializados, esta incongruencia puede ser una bella nacionalidad en la que creer abyectamente.


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