miércoles, 7 de octubre de 2009

La cultura, un derecho humano demorado más de 60 años

(Publicado por La Voz del Interior, en la sección de opinión, el 07/10/2009)

El 8 y 9 de Octubre se celebra en Río Ceballos el evento Proyecto 27. Dos jornadas destinadas a reflexionar sobre los derechos culturales como Derechos Humanos. Retoma lo dispuesto en el artículo número 27 de la Declaración Universal de 1948 “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad...

De todos los DDHH, la categoría de los llamados “derechos culturales” es la más olvidada. En más de sesenta años la sociedad sumó esfuerzos para propulsar cambios significativos en campos como la salud, la educación, la paz, o las condiciones laborales, conquistando numerosos bastiones. Existen saldos pendientes en muchos ámbitos, pero de la postguerra a esta parte, los avances son innegables.
Sin embargo, los derechos culturales son considerados por algunos teóricos como una categoría subdesarrollada de los derechos humanos, mientras que otros más optimistas se refieren a éstos como en vías de desarrollo (un metáfora traumática para un país -casi- sin trenes). Lo cierto es que en este ámbito se incluyen potestades cuya vigencia crece aceleradamente: acceso a la información, autoría, expresividad, globalización, pueblos originarios, libertad de expresión, etc. Con ese escenario, en el siglo XXI todos somos culturalmente especiales, porque bajamos música online, porque nos gusta la ópera, porque tenemos un hijo flogger, o porque disfrutamos del Cineclub Municipal.
La discusión sobre el carácter medular de la cultura y las artes, en una realidad de tantas falencias como la cordobesa, es realmente importante. Empezando porque la cultura, es la característica que hace y diferencia al ser humano como tal: sólo el hombre construye y accede a conjuntos de bienes y símbolos que son lo cultural, y que componen dos necesidades imprescindibles: tradición y progreso. En términos globales, hoy también podríamos decir, identidad y diversidad.

¿Para qué cultura?
Todos, hasta los menos informados, tenemos presente que los hospitales deben ser dignos, y que la posibilidad de una educación pública y de calidad es una batalla a muerte. Así, si el hospital no atiende un día, los noticieros deberán hacer notas; el máximo funcionario del área salud deberá dar explicaciones satisfactorias esa misma tarde y, de prolongarse el conflicto, rodarán las cabezas.
De igual forma, si el transporte público no funciona adecuadamente, la furia ciudadana no demorará. Pero si un teatro no ofrece una temporada lírica importante por un conflicto gremial, o si un museo no abre sus puertas en un horario prudente por falta de recursos, difícilmente alguien se indigne en la sede del gobierno. Inclusive llegamos a tener autoridades que exhibieron la falta de inversión en cultura como una virtud. Pareciera suponerse, por parte de algunos políticos, que el acceso a la cultura es una posibilidad superflua y banal, para artistas excéntricos o señoras de rodete y tapado de visón. Es más: si el mar blanco de alumnos primarios, que bulliciosamente visita un museo, no concreta este tipo de actividades (como sí lo hacen a diario en el Museo Palacio Ferreyra) nadie se alarmaría demasiado.
El resultado va más allá de la ignorancia, la desinformación, y la tinellización de la sociedad. En la población crece un cáncer social con sede en el intelecto y ramificaciones en la creatividad. Se trata de una enfermedad fulminante, que empeora mientras menos recursos tengan los damnificados. Si además del abandono público, papá y mama no tienen dinero, o tiempo, (problemas generalmente conexos) para poner unos cds en el estéreo hogareño, es probable que los niños de ese núcleo familiar sufran la amputación de la música. O, sí en casa no hay un sólo cuadro, ni biblioteca alguna (un problema que va mucho más allá de la condición económica de la familia) esos niños desconocerán la lectura, luego el libro. O la asociarán exclusivamente al estudio, quedando mutilada para siempre la lectura por placer de sus vidas. Y la imaginación se retraerá.
El resultado son ciudadanos cada vez más deshilachados como personas, más robotizados en un aparato -con suerte- laboral, y una sociedad próxima a naufragar por falta de elementos imaginarios, abstractos y colectivos que la construyan y sujeten.
La cultura, su calidad y variedad, se degrada o reconstruye lentamente, y hoy este proceso tiene lugar ante la indiferencia de muchos actores de la sociedad, y la complicidad de los espacios de poder. Tratándose de una pérdida por goteo solo se percibe cuando el asunto reviste mucha gravedad.
Es fundamental difundir el derecho universal a acceder y generar cultura, así como reclamar a estados, medios e instituciones, una vida cultural intensa, heterogénea, divertida -por supuesto- y destinada a todos los sectores de la sociedad, con igual trascendencia pública que lo concerniente a la salud, la educación, o el trasporte. Porque la cultura es la salud de la sociedad, y es el órgano con el que se está escribiendo el futuro.-
[Texto completo de la D.U. de los Ds Hs en http://www.un.org/es/ ]

3 comentarios:

mauri candussi dijo...

Hay dos conceptos que siempre me gustaron para pensar esto. Uno, el de Higiene. Ampliado. Es decir, higiene cultural en tanto salud del espacio. Otro el de ecología, ecología cultural en tanto conservación de la multiplicidad y la heterogeneidad.

Pancho Marchiaro dijo...

Gracias Mauri, sí higiene: buenísimo.
En el caso de ecología, justo yo había publicado una nota, digo, por si te interesa,

http://marchiaro.blogspot.com/2005/06/en-defensa-de-la-ecologa-cultural.html

mauri candussi dijo...

Genial!
Ecología cultural
uf, cuanto por hacer y por pensar.
Hay tarea!

pd:
- en el safari por el Libertador. Hace unos viernes tocaron la quinta de Mahler. El teatro estaba lleno, se llenó de aplausos. Me hizo tanto bien el sonido que logró tener la orquesta, como la gente aplaudiendo contenta.