martes, 11 de agosto de 2009

El Carnicero del Arte Cumple 100 años

(Publicado por La Voz del Interior, en su suplemento cultural, el día 11/08/2009)

El centenario de Francis Bacon está dejando una estela de profundo respeto y marcada admiración en todos los públicos que masivamente celebran las actividades. El pintor, durante décadas considerado un maldito, un outsider, que fuera víctima de todo tipo de discriminaciones e injusticias en vida, obnubiló a finales del año pasado cuando la Tate Britain le dedicó una exposición monográfica colosal. También el Museo del Prado, en la España que le despidió hacia un más allá -donde seguro no descansa, ni está en paz- le organizó una muestra homenaje en el primer semestre del año. Luego, la misma muestra oprimirá la mirada de quien visite el Metropólitan de Nueva York hasta el 16 del corriente. Bacon, el inclasificable, el ambiguo, el homosexual lacerante sigue profiriendo un alarido cuyos destinatarios, en su centenario, somos todos.


Meet the meat
Francis Bacon nació en Irlanda en 1909. Siendo hijo de una familia inglesa -además de haber vivido una parte importante de su vida en Londres- es considerado inglés. Algunos autores escribieron que tuvo una educación poco escolarizada por su asma, pero Michel Leiris en una edición corregida por el propio autor –lo que nos hace presumir un alto grado de veracidad- indica que no hubo ningún tipo de educación oficial, y que su formación estuvo siempre en manos de docentes particulares. A los 16 años es descubierto por su padre mientras coqueteaba frente a un espejo vestido con la ropa interior de su madre y le expulsa de la vivienda familiar para siempre. Su progenitor criaba caballos y aparentemente le detestaba por su fragilidad. Versiones rigurosas sobre sus primeros años hacen presuponer que la familia ya sabía de algunas prácticas sexuales con los mozos de los corrales, quienes lo sometían con brutalidad, iniciando así un gusto por el masoquismo que lo acompañaría toda su vida. El padre intolerante, que decía ser pariente del filósofo homónimo, estaba de regreso de la Primera Guerra, período en el cual la familia había oscilado entre Irlanda e Inglaterra, con lo que la infancia del pequeño estuvo marcada por imágenes monstruosas de bombardeos y las víctimas bélicas en tiempos de medicinas rudimentarias. "Tengo la impresión -aventuró alguna vez- que la gente de mi generación no puede realmente imaginar una humanidad sin guerras", y en otra ocasión sentenció “creo que los artistas están más próximos a su infancia que otra gente. Permanecen más fieles a estas primeras sensaciones…” Expulsado de su casa se instala en Londres donde malvive robando, jugando y prostituyéndose en un mundo embebido en alcohol. Se establece alternativamente en Berlín, París y Londres –supuestamente haciendo trabajos de interiorismo- hasta que a mediados de los 30s se concentra en la pintura. Esos años de cabarets, travestismo y sofisticación también incluyeron un acercamiento a la obra de la única influencia reconocida: Picasso. De aspecto rozagante y con el pelo desordenado, conservó una frescura vandálica en su rostro aun cuando fue un anciano. En 1936 un trabajo suyo es rechazado de la exposición surrealista por “insuficientemente surrealista”. Seguro que el jurado no conocía su estudio: un espacio que siempre fue una especie de basurero víctima de una atentado terrorista.

Como asmático no es convocado a la Segunda Guerra Mundial, de la que es un espectador privilegiado, casi un Goya, cuya producción jamás conoceremos porque en en 1944, presa de un ataque de ira, destruye casi todos sus trabajos. La Europa de excesos que había conocido en Berlín de entreguerras, y que se volvió un túnel cavernoso de horror y mutilación en los años siguientes, recién sobre finales de los 40s comienza a tolerar sus trabajos. Con el comienzo de la década siguiente aparece un reconocimiento que se internacionalizará. En 1960 se incorpora a la Marborough fine art de Londres, galería que conservará hasta su muerte, y que es considerada por los historiadores contemporáneos como desleal con el artista debido a una intención de dosificar codiciosamente su obra en vida. Su primer gran tríptico (su obra habitualmente se presenta de a tres) “tres estudios para una crucifixión” es adquirido en 1962 por la Fundación Guggenheim, que posteriormente le organiza una gran exposición en NY. Con el sabor del éxito en la boca, en 1964 inicia una relación con su gran amor, George Dyer. Aparentemente se conocen cuando Bacon descubre a Dyer –un simple ladrón- robando en su estudio y terminan en la cama esa misma noche. La fidelidad no era una de sus virtudes y el castigo fue el suicidio de este compañero.

“Entre el nacimiento y la muerte siempre ha existido lo mismo: la violencia de la vida” decía este artista que nunca pudo ser incluido en ningún movimiento, que vivió sin escuela, y que terminó sus días en España con un perfil solitario y poco mediatizado, como toda su vida. Él mismo dijo alguna vez “en último extremo somos meat”, cambiando deliberadamente flesh (carne del cuerpo humano)por meat (carne comestible).


El despiadado reflejo perenne de todos

La obra de Bacon, considerada figurativa/expresionista en un ejercicio de reduccionismo, en rigor, sólo toleraría situarse como continuadora de Picasso, aunque con una profundidad subterránea.

Pariente de Munch, y de Van Gogh (de quien hay algún “Estudio para un retrato” de 1957) también es heredera de Goya y Velázquez. Durante un tiempo se lo consideró miembro de la Escuela de Londres, hasta que varios de sus supuestos miembros aclararon que tal escuela no existía en términos estéticos, y que sus intereses eran mayoritariamente el sexo y el alcohol. Lo cierto es que en ese grupo estaba Lucien Freud, reconocido amigo del artista y con quien sí se podrían establecer vínculos estéticos.

Las piezas de Bacon, generalmente de gran tamaño, tienen un aire lisérgico, son desgarradoras y cargadas de angustia. Entran perfectamente en la categoría sublime, definida por el filósofo del arte Arthur C. Danto como aquello cuya belleza también aterra. Salvo algunos animales, las bestias que protagonizan sus pinturas son figuras antropomorfas que Margaret Tatcher consideró “asquerosos trozos de carne”, mientras que Damien Hirst -feliz poseedor de uno de su trabajos- dijo «Jodió (hasta) en el infierno». Adolfo Vásquez Rocca, por su parte, dice “la pintura de Bacon abrió heridas en la belleza, horadó el sentido iconográfico del cuerpo” refiriéndose al aullido de dolor y éxtasis que parecen emitir esos cuerpos atormentados de amantes, asistentes a un bar, luchadores, demonios, ángeles, o prostitutas, retratados en ambientes tan cotidianos como un baño, una cama, una alcantarilla, junto a la bacha, frente a un espejo, una mesa de billar, una cortina, o con la pobre compañía de un foquito.

Los retratistas construyeron, a lo largo de siglos de trabajos por encargo, una conciencia de poder para las clases aristocráticas. La fotografía democratizó hacia otros estratos sociales la imagen y la identidad, trucando el mensaje si era necesario, con decorados falsos, ropa prestada y otras artificialidades. La renovadora obra de Bacon, en tiempos de fotógrafos, incorpora la psiquis al retrato y le otorga protagonismo. Las torsiones y flagelaciones cruelmente presentadas en escala real son un espejo para cualquiera que deje salir su mente hacia su rostro. Su realismo es una trompada al estómago, una trompada que proviene de nuestros sentimientos primarios y cuya piel está delicadamente coloreada.

Bacon es un pintor que se aprender a admirar en la adolescencia, tanto por su poder ambiguo en el sentido sexual, como por en equilibrio entre ternura y angistia que caracteriza todo lo adolescente. Pero a diferencia de HR Giger, el temeroso palpitar de su recuerdo sólo recrudece con el paso del tiempo. Ver un Bacon en vivo es una arremetida furiosa, sus obras “en persona” (no es una metáfora) tienen la potencia de esos cuerpos horrorosos que perfectamente pueden cogerse al espectador en la oscuridad de un museo, descuartizarlo, o servirle un trago. O todo a la vez. Nadie enfrenta las esquivas miradas de sus trípticos sin temer que su infierno personal salga a la luz un día cualquiera.-


2 comentarios:

Mónica Ardaiz dijo...

Pancho
Me gusta mucho tu relato de la vida de Bacon, logras transmitirme emoción. Agregue este blog a mis favoritos, ahora estoy atenta y con mas tiempo para deleitarme con tus notas.
Cariños.
Monica

Pancho Marchiaro dijo...

Gracias por tus palabras Mónica... creo que podés anotarte en "seguir este blog" para que te avise de nuevas entradas. Un beso. Pancho.-