viernes, 14 de agosto de 2009

El arte de vivir la vida

(Publicada por la Revista Ecléctica de Agosto)

Alguien que ha sido un gran amigo, de esos cuya distancia duele y que hoy no está tan cerca, me dijo que había que ganarse el derecho a escribir en primera persona. Alguna vez lo traicioné (sólo las verdaderas amistades incluyen esas cosas, y lo digo a sabiendas de alguna macana que él mismo me ha propinado) y esta vez, escribiendo en primera persona, siento que hago justicia. Él me dijo un artista es quien ve la vida como tal y, con ese recuerdo, hoy domingo a medianoche no he podido escribir de ningún artista.
Resulta que antes de sentarme frente a la pantalla, mientras barajaba nombres para dedicarle estas líneas, hice dormir a mi hijo de dos años. Unidos en un abrazo como el que nunca nadie me dio, nos mezclamos en una bola de pelos y calor. Entre los incomprensibles murmullos nocturnos, el sueño lo fue abstrayendo en un viaje que supongo igual a un cuadro de Klimt. Al final, cuando el silencio se apoderó de la camita, luchando contra el cansancio del día, me acarició la cara con las manos no tan limpias -como reconociéndome, como dibujándome de nuevo- durante un tiempo infinito. Ambos supimos que mi cara no es otra cosa que la de nosotros. Él, su mamá, su muñeco Pablo, el gato y yo, ascendíamos a un estado surrealista dejando una estela dorada en la pared.
Leí, justo esta semana, en un libro de Palahniuk algo como pinten lo que pinten, los artistas sólo pueden hacer autorretratos... y con mi nueva cara, la que mi hijo me regaló, entendí que el arte de vivir la vida de cada uno es la epifanía más potente. Sí, esa de las sillas de la cocina con la ropa húmeda extendida, de la cercana música que ejecutan los amortiguadores delanteros en un bache cuando no dan más, de los platos sucios amontonados en la bacha, o de la maloliente alfombra compuesta por hojas secas y mierda de perro que asesina el pasto en el patiecito denfrente. Esa cotidianidad que si te detenés a entender, te puede dejar llorando de rodillas abrazado a un pijama agujereado, es un clímax estético que ningún otro artista, más allá de tu hijo, de vos mismo, te regalará jamás.

Nota mental: organizar un vernissagge en el lavadero, con el lavarropas centrifugando su salvaje reversión de Nirvana de fondo.-

2 comentarios:

Carmen Cachin dijo...

Los hijos son nuestros mejores maestros...
abrazo amistoso

Anónimo dijo...

que no hay manera, dice derrida, de escribir sino autobiográficamente.
saludos pancho!
lia