lunes, 6 de octubre de 2008

El cine, una película que dura más de 100 años

(Publicado en el suplemento Temas de la edición del Domingo 5/10/2008 de La Voz del Interior)


- ¡Acción! - dice el director, y comienza el rodaje de la primera escena de la película que narra la propia historia del cine y las películas. La fotografía es el arte de escribir con luz, y la madre de la cinematografía, escribir con movimiento. Esta escena inaugural, no es un rodaje. La película, la historia, empieza con los hermanos Lumière activando el proyector para que circule una cinta continuada de fotogramas, y así proyectar por primera vez. Vemos Salida de los obreros de la fábrica Lumière, hoy disponible en youtube.com. Ese 28 de diciembre de 1895, tal vez a costa de un invento de Edison, pero patentado por ellos, ambos hermanos ignoraban el negocio que acaban de inaugurar. El cine nació entonces, cuando el primer espectador conoció una butaca, en el Salon Indien del Grand Café.

Considerado unánimemente el séptimo arte, vino a romper la tradicional hegemonía hexagonal de las bellas artes, proponiendo un mundo de ilusión popular y metamensaje que ha sabido enamorar a todas las capas sociales mejor que ninguna otra experiencia estética. Una cuestión que muchas veces el valió el mote de “arma para dominar las masas”, pero que en la práctica fue el punto justo donde diversión, arte y cultura se encontraron amalgamadas.

El cine es el combustible de la vida de las personas, una promesa de espiar la inmortalidad por un puñado de pesos, un paraíso donde la infancia siempre tiene vigencia, y donde el amor más delirante siempre será una posibilidad certera para el celuloide. El cine es, o más bien ha sido, la iluminación ideal para que esa posibilidad de amor cobrara una corporalidad sabor maní con chocolate. Pero asistir al cine no ha estado libre de peligros. Después de visitar una sala, los asistentes hemos dibujado mundos ahumados gracias a parvas de cigarrillos parisiennes y con el sonido de debates de fondo, donde estaba en juego la propia representación de la vida de cada uno.

Esta costumbre, de cine y vida, películas y política, acompañó la propia historia de las proyecciones, como ha dado cuenta el surgimiento del Festival de Cannes. Se trataba, de una respuesta a la servilidad del Festival de Venecia, que en la década del treinta sólo premiaba amigos del Duce, con galardones que se recibían exclusivamente en la mano derecha. Tan predestinado estaba Cannes a no ser ingenuo, que su primera edición (1939) empezó, y al día siguiente, bombazo va, bombazo viene, la segunda guerra oscureció todo y se canceló el Festival. Hubo que esperar siete años más para que renaciera, con Rossellini, Disney, y Wilder en competición, y nenes de la talla ¡y vaya talla! de gordo Hitchcock en las muestras paralelas. El más joven de los Lumière, con 82 años en ese entonces, presidió el jurado, poniendo punto final a otra escena del guión de la historia del cine.

Pero todo este párrafo ha sido redactado en tiempo pasado, un tiempo en el que cada pueblo tenía su propia catedral para adorar a blondas ilusiones, y cada barrio que se preciara de tal, sólo conocía los domingos de funciones matinee.

Con salvedades que bien puede ser la de este año, la cantidad de asistentes a las salas ha ido menguando significativamente, según todos los estudios, sin aclarar que aquella religión monoteísta de los 35 milímetros más grandes del mundo, hoy es el mundo donde pochoclín y compañía se disputan unos fieles cada vez más politeístas e infieles.

- Y…. ¡Corten!-

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