martes, 12 de febrero de 2008

El pibe verde del 68


(Publicado por La Voz del Interior 8/02/2008)

Este 2008 promete ser un año nostálgico. Particularmente para todos aquellos jóvenes activistas que acompañaron el Mayo de 1968, e hicieron propias sus consignas. O su bohemia.

Quienes hace cuarenta años revoleaban banderas y corpiños, con la intención de desplazar al establishment y la burguesía acomodada de aquel mundo injusto, actualmente analizan a esa movida de manera más lejana y difusa.

En cualquier caso no caben dudas que fue un potente chaparrón de lágrimas, poesía, sexo y otras sustancias utópicas que embarraron la cancha político-cultural. Un anhelo revolucionario comunicado con estéticas vanguardistas de los sesenta como el arte pop, los graffitis y las intervenciones urbanas. Un movimiento conjunto, con efecto global y dinámica geopolítica centro - periferia, que no detentó el poder (lo que hubiera sido una falacia) pero, eventualmente, sí consiguió provocar una mutación en el capitalismo severo, ahorrativo, puritano, y obsesionado por la producción. Éste evolucionó a otro capitalismo, pero de consumo. Un consumo al ritmo de la banda de sonido de esa época, un consumo sexy, de ideales bizarros y bien lookeado.

Los Rolling Stones y Mao fueron canonizados en un mismo olimpo, y desde ese edén se influyó el gusto por una moda anti-moda que hoy, nuevamente, está muy de moda.

Además de los estudiantes del Mayo Francés, que imprimían en los muros “sean realistas, pidan lo imposible”, en EEUU, aparecen el hippismo. Los hippies, que eran descendientes directos de la generación Beat y pasados los setentas, devendrían en yuppies (en inglés, jóvenes urbanos triunfadores), y cuyos hijos ahora son gossips (profesionales locos por los símbolos de status: ipods, sushi, minicelulares y café caro), agregaron más conceptos emblemáticos. Desde el gran país del norte se agregó a la canasta del 68, el archimercadeado “peace man”, la psicodelia, los peinados afros, los vw (mantequera o escarabajo) y un primer impulso ecológico (que iría más allá del cultivo de cosas raras).

Del dicho al hecho, y del hecho al tacho

Estos ideales atravesaron el paso del tiempo, o bien transformándose en reliquias conceptuales y bastiones generacionales, o bien convirtiéndose en un puñado de predicciones descabelladas.

Sin embargo, un punto disonante, increíblemente premonitorio e injustamente relegado sucedió en Venecia. No fue París, ni Vietnam, ni Woodstock. La ciudad flotante, la de las arterias tapadas de góndolas, fue la que albergó una pequeña revolución que tuvo lugar el 19 de Junio de 1968. Ese día el artista argentino Nicolás García Uriburu intervino tres kilómetros del Gran Canal de Venecia tiñéndolo de verde fluorescente. A tal efecto, el creador porteño utilizaría un colorante aprobado por los ecologistas para llamar la atención sobre el deterioro medioambiental, con la Bienal de Venecia como marco, pero sin haber sido invitado a ella. El gesto, subversivo, anarquista y de calado ciudadano, que luego caracterizaría toda una producción signada por la lucha contra la contaminación, obnubiló a la crítica y los medios reunidos en el evento más paquete del arte. Un rango que aun detenta.

Al Gore aun no se había recibido de receptor del Premio Nobel de la paz, y sólo tenía veinte años, cuando el joven García Uriburu dio lo que el enorme crítico de arte, Pierre Restany definiría como “un golpe maestro, una esplendida demostración de higiene moral del arte”.

Recién hoy se dimensiona esa acción precursora del movimiento land art, y de carácter artístico-medioambiental. Lo que García Uriburu considera “el antagonismo entre la naturaleza y la civilización” lo llevó a intervenir diversos ríos y espacios, así como organizar enormes plantaciones de árboles y simultáneamente, pintar obras cuyas cotizaciones superan los veinte mil dólares.

Un artista de obras visionarias, que también soplarán cuarenta velitas, gozando de una actualidad que hoy ya no podrían enarbolar algunas de las consignas parisinas que sí se transformaron en remeras.

(En imágenes Nicolás García Uriburu en Córdoba al cumplirse los 40 años de Venecia)

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