viernes, 27 de julio de 2007

El Magma de la Cultura se Subleva

(Publicado por la Revista Transatlántico AECI/CCPE N2. 10/07)

En esta década que empieza a terminar, las instituciones culturales se enfrentan al reto de re-pensarse, en el marco de una vorágine de cambios en las prácticas culturales de creadores y públicos. Esta necesidad de adecuación a las dinámicas actuales puede amenazar el espesor de los programas, obligando a los gestores a realizar un movimiento oscilatorio frente a una dicotomía: por un lado propuestas rancias y descontextualizadas del espacio/tiempo actual, y por el otro, ofertas vistosas, como biyutería falsa, que vuelven a las instituciones espacios en busca de una permanente legitimación, en lugar de generar la situación inversa: ostentar un lugar de privilegio, per se, en el imaginario colectivo.

En la novela Nieve, del nobel turco Orhan Pamuk, el poeta y periodista Ka visita un pueblo, cuaderno en mano, para preparar una nota sobre su realidad política y social. Durante su estancia en esa ciudad hay una revolución, propiciada por una compañía de teatro que dispara un puñado de balazos. Al día siguiente el protagonista se entera que en “el diario de mañana” habrá una nota que le ataca. Con plazos muy del siglo XX tiene oportunidad de visitar a los imprenteros del diario y hasta de cenar con el director del matutino, por cierto autor del texto, para intentar disuadirlo de tan desafortunada columna. Hoy, la realidad cultural impone otros tiempos, y reacciones. En el mundo youtubizado (y permítaseme esta licencia terminológica), la actualidad se caracteriza por una velocidad desaforada, absolutamente inversa a la poética de Pamuk. No hay tiempo de dialogar, o comprender, lo que los medios digieren y escupen en cada segundo, e interactuar con ellos demanda un ejercicio de granhermanismo (este término ya preexiste y fue acuñado por el Premio Nacional de Ensayo de España, Daniel Innerarity) que no todas las instituciones, obras de arte o bienes culturales están en condiciones de acompañar. La exigencia mediática de que toda acción artística será recogida sólo si es noticiable, es igual a ecualizar cualquier concierto o performance para que su métrica pase a través de un puerto USB y se comprima como un MP3.

El mecanismo, cuyos engranajes son producción, distribución, exhibición y consumo de bienes culturales ha comenzado a chirriar y, como la maquinaria de la película Tiempos Modernos, se tragaba a Carlitos Chaplin, el sistema sin sistema actual está deglutiendo certezas y excretando nuevos hábitos culturales.

Todo cambió tanto que vivimos, probablemente, el momento de mayor audición de música de la historia de la humanidad. Y si el walkman de Sony nos dio la libertad de escuchar (o, valga la aclaración, oir) música en movimiento, los formatos de compresión de audio digitales separaron la música de sus soportes, y la liberaron transformándola en una enorme sucesión de ceros y unos. Algo de lo mismo pasa en el cine, una práctica sociocultural que cada vez corta menos entradas, aunque se reproduce como no lo hizo la gripe aviar: filmes que por vía lícita o ilícita van del productor al monitor de la pc, sin mediar la instancia de agrandamiento de pantalla a la que estábamos acostumbrados desde niños.

Así, todas las obras de la prolífica agrupación norteamericana de jazz Medeski Martín & Wood (y perdón por usar una referencia actual, y no los consabidos Beatles) caben en una carpeta del IPOD de cualquier niño, e inclusive en la memoria de un teléfono celular. Así, también, hay un festival de cine comprimido para Internet, el NotodoFilmFest , que se “proyecta” en http://www.notodofilmfest.com , que pronto se podrá descargar a los móviles, que cuenta con premios de cuatro ceros, y que actualmente promociona –nada menos- que su quinta edición.

Hay que decirlo, también, esta nota se leerá más en pantalla, desde una web, que desde el papel, y mientras se la escribe, el soulseek se amamantará de lo que las ubres digitales de otros integrantes de la comunidad P2P han cuelgado.

De alguna manera vivimos la fiesta del consumo cultural, así lo indican cuanto estudio e indicador se tome, y eso inyecta galones de adrenalina en el desarrollo de casi todos los segmentos de la cultura, las artes, y los negocios perimetrales. Casi todos los segmentos que se avengan a ciertas reglas de juego.

En Crímenes Bestiales, el libro de Patricia Highsmith, se narran varias sublevaciones de mascotas y otros seres que llegan, inclusive, a matar a sus dueños o locatarios. Los productos y fenómenos culturales están siguiendo el camino bestial. En resumidas cuentas, lo que antes era una alta responsabilidad, pero sin ningún riesgo personal, como dirigir un área de cultura, un museo o un centro cultural se ha vuelto una tarea peligrosa. Cuidado.

El magma de la cultura se subleva contra las instituciones tradicionales y en la encrucijada se está produciendo mucha teoría, mientras los aparatos de gestión, algunos circuitos de legitimación y otros mecanismos de simbología están cambiando violentamente su funcionamiento debido a factores que les son indiferentes, aunque endógenos.

Lo exponible, lo exhibible, el fenómeno digno de ser estudiado, no sólo cobró vida sino que es capaz de volverse sobre sí dispuesto a comerse lo que en su momento fuera el escaparate.

Por citar un ejemplo de cajón, la Internet y el Google (ambos con merecidas mayúsculas) son el resultado de la creatividad y la producción cultural, aunque se hayan tomado el atrevimiento de pretender compendiarla. Ahora, sus respectivas maneras de categorizarlo todo, impactan en los destinatarios de esos contenidos, que a su vez con el uso, retroalimentan esas clasificaciones abstractas barajando una vez más, y terminando de tamizarlo todo. Los “tags”, sin ir más lejos, son las referencias o etiquetas que leen los buscadores web y, aunque permanecen ocultos al cibernauta, pueden contener información que dispare el tacómetro de una página, independientemente de la calidad o veracidad de la información publicada, que sí verá el cibernauta.

Frente a esta panorámica se puede observar que la dimensión de la economía de la cultura, el cruce y transpolación con las tecnologías de la información y comunicación, sumados a una emergencia de la producción independiente que constituye una para-realidad en tensión con lo oficial, delinean el nuevo escenario de la realidad cultural. En ella los espacios oficiales, o bien se apropian de las “formas” de entrar en el juego, o bien se “forman” con éstas. Ludwig Mies Van der Rohe dijo alguna vez que “la forma no es el objetivo de nuestro trabajo sino su resultado”, y es una frase extraña si se la pone sobre publicación de una noticia recogida por numerosos medios españoles e internacionales. El IVAM de Valencia, España, programó un ciclo de anime, que incluye sesiones de proyección con los grandes filmes de la disciplina (todo lo japonés tiene aire a arte marcial, y a “disciplina”). Con ello ha atraído el interés genuino de la prensa con un proyecto que, por cierto, demanda del espacio de conceptualización que puede generar un museo de arte moderno. También se podría decir del mismo ciclo, en la otra vereda, que pareciera –por lo menos en parte- diseñado por el empleado del ciber de mi barrio, que haciendo una inconsciente labor curatorial, regala desde hace diez años a sus amigos de verdad, copias piratas de las obras de Miyasaki o Tezuka.

¿Cuántas instituciones corren, o mejor dicho, cuantos responsables de espacios para las artes y la cultura, corremos detrás de la forma? Ludwig, sentado en una de sus sillas Barcelona mira desde el más allá, los intentos de apoderamiento de lo que, en rigor de verdad debería empoderar.

Todo esto pasa mientras los adolescentes que salieron en skate del ciber enfundados en Vans, escriben sus confusos paradigmas culturales en las paredes, a su vez que los teatros líricos –esos monstruos deglutidotes de presupuesto- re-re-diseñan su programación, las instituciones expositivas invitan a descargar por bluetooth su audiotour a los celulares, y los investigadores de los museos comienzan a preguntarse como se hace para historiografiar en la galería virtual de Saatchi. Saatchi, por su parte ya lanzó su galería virtual en China.

También en Nieve (para terminar con la misma cita del comienzo) Pamuk apuesta toda la felicidad de su protagonista a una fisura, en un contexto ambivalente asechada por dogmatismos duros y dañinos de un lado, y cierta charlatanería demagógica e histriónica del otro.-

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