martes, 6 de junio de 2006

Gestores Culturales: mecánicos de las urbes

(Publicado Por la Revista Entra. 2006)

Mi mecánico es un señor grandote. Nos une una relación de mutuo aprecio desde 1996. Me lo gané ese año, cuando tenía un Ramblert modelo 1969, contándole anécdotas de mi trabajo como proyectorista del cineclub El Ángel Azul.

Hace dos semanas acompañé a un amigo que tiene una camioneta ford modelo 2002 a este taller. En lugar del gordo engrasado y portador del un palillo perenne adherido a su boca, que estaba acostumbrado a encontrar dentro del mameluco, apareció un tipo que bien podría ser médico, contador o ingeniero. Aparentemente, a mi amigo lo atendería el hijo del gordo. Íntimamente pensé en las cantidad de bujías reemplazadas que me vinculaban a mi querido y grasoso mecánico padre, y en cómo mi amigo se enamoraría de su joven mecánico.

El tipo de mi amigo (que también es continuador de la costumbre de exponer museográficamente varias chicas vestidas solamente con unos pupilent celeste) escuchó atentamente los lamentos del propietario de la camioneta. Luego, en lugar de auscultar el capot, utilizó una computadora conectada con un cable al tablero, para determinar la dolencia del vehículo. Dictaminó una incomprensible sucesión de sondas lambdas, inyectores y válvulas, con su nefasta consecuencia para la billetera del caballero o la cartera de la dama.


Muchas de las culturas inmersas en las ciudades, con sus actores -los ciudadanos- están viviendo el mismo tránsito de las camionetas: se sienten más a gusto con la pc, que en la fosa. Hoy los fenómenos culturales están cambiado y las cabezas, con sus hábitos de consumo de artes y espectáculos, también.

De hecho el concepto de civilidad ya se ha modificado, y la tecnología está impactando en la cultura y su hermanita la comunicación, más que en cualquier otro ámbito.

Va un ejemplo mientras afinan el motor en gas

El especialista catalán en economía de la cultura, Lluís Bonet (que estuvo en Córdoba a finales de Julio) coincide como el periódico español El País, edición del 29 de Julio del 2006. Ambos señalan que la digitalización de la exhibición cinematográfica supondrá importantes cambios en la arquitectura de la industria del cine. Este mes Hollywood vomita tres estrenos, Superman, Poseidón y Miami Vice, todos una vez rodados, se digitalizaron y postprodujeron en ese formato. Como conclusión, el gerente de Kodak España (sí, la fábrica de películas) dice que “la calidad de exhibición es mejor en digital” y que “el paso a la proyección digital supondrá un ahorro tremendo para productores y distribuidores”.

Efectivamente el negocio cinematográfico dará un tumbo de 180 grados en estos próximos años, y antes que termine la década veremos películas que llegarán por satélite a los proyectores. En el cine, o en lo que antes se conocía como cine, casi todas las compañías estarán diciendo adiós a las bobinas de 35 milímetros.

Suena bárbaro en términos de distribución, pues ya no será necesario contar con las copias, y cada sala de exhibición, inclusive una pequeña en Morteros, podrá exhibir el estreno de la semana simultáneamente con New York o París.

La digitalización es buena noticia para los distribuidores, pero siempre pierde alguien: en este caso, la circulación de ideas, la creación de símbolos, y la construcción de ideologías.

Que sea mamá publicidad o papá distribuidor quienes dispongan ofrecernos los estrenos más recientes, es una condena a optar, siempre e inexorablemente, por lo mismo. Alguien nos venderá lo que compraremos felices como un muñequito del messenger conectándose, y sólo elegiremos lo que nos imponga el marketing, como unos fuckings autómatas replicantes extraídos de un libro de Bradbury.

En ese futuro kraftwercaniano, los cineclubes también tendrán serias dificultades para poder subirse al tren digital. Por los costos y porque los proyectores digitales no serán de las salas, sino que habrán sido colocados por los distribuidores. Los mismos que ya dictan la sentencia sobre qué se ve y qué no.

Con este panorama es probable que le cuente a mi hijo que vi Blue, Blanc y Rouge de Kieslowski, una tarde de anécdotas, junto con la historia de la carpa de 10 kilos que sacamos del Suquia con mi hermano. (Ambas anécdotas son verídicas, palabra de proyectorista).

Este tipo de problemas de lo audiovisual, se replica en la práctica del museo, en las puestas de teatro, en la organización de conferencias o en ciclos de pensamiento y, con sus matices, hace al trabajo diario de los gestores culturales en todos los niveles. Desde quienes trazan las políticas de actuación de los estados, hasta quien defiende con las armas más elementales, como Rambo -y disculpe el americanismo señor lector -, la labor de un colectivo independiente o una sala alternativa. A su manera, todos están en la misma faena: potenciar el crecimiento y defender el sostenimiento de una producción y circulación de obras e ideas.

Pero actuar sobre este tipo de contexto, incidir para modificar el escenario, complementar la oferta comercial o defender los derechos de los ciudadanos a una vida cultural heterogénea y de calidad es una tarea que cada vez requiere herramientas más complejas y conocimientos técnicos.

Es un hecho: cuando cambie el auto, tomaré mate con mi mecánico gordo -que me ha salvado la vida y fiado siempre-, pero ojalá que el pibe haga lo suyo.-

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