En el botín de lecturas, el último terminó siendo el primero: Historia prodigiosa, de Adolfo Bioy Casares. Un rescate oportuno porque un 15 de septiembre de 1914 nacía este titán de nuestras letras. Aunque prometo dedicarle entradas individuales a cada ejemplar, resulta imposible no detenerse en Bioy y en esta reunión de relatos editada originalmente en 1956 —para mí, asumiendo lo controvertido del caso, una verdadera obra maestra a la altura de los Nueve cuentos de Salinger, concebida al calor de esa cima narrativa que alcanzara con El sueño de los héroes—.
Un puñado de palabras para esa montaña de literatura que es Bioy Casares
Merecedor del Premio Cervantes y ladero indispensable —ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde…— de Jorge Luis Borges, Bioy nació en cuna aristocrática, lo que le permitió moldear desde niño una refinada sensibilidad políglota leyendo y escribiendo en inglés, francés y español; un dato inspirador para cualquiera que se adentre en el estudio de idiomas.
Escribió su primer relato, Iris y Margarita, a los once años con el único propósito de impresionar a una prima de la que estaba enamorado: tempranamente aparecen el amor y la literatura entremezclados. Tras un breve paso por la universidad, abrazó la escritura apoyado y supervisado por su padre, quien llegó a corregir sus primeras ediciones. Por cierto, aquellos trabajos iniciales representan un conjunto que luego el propio Bioy rechazaría, prohibiendo su reedición.
Buscando el pulso intelectual de su época, comenzó a asistir a las tertulias de Villa Ocampo. Allí conoció a su gran amigo, Jorge Luis Borges, y a quien sería su esposa, Silvina Ocampo. Con ellos construyó una trama indisoluble de afecto, literatura y proyectos compartidos, cuyo primer gran fruto fue La invención de Morel, prologada por el propio Borges.
Sin embargo, más allá de su condición de coequiper borgiano y de ser una de las plumas más elegantes de nuestro idioma, existe una faceta célebre y controvertida: su condición de Casanova. Protagonista de infinitos romances —con dos hijos extramatrimoniales y hasta tres amantes en simultáneo—, el gran seductor también conoció el reverso de la moneda cuando le rompieron el corazón, encarnando a la perfección la figura del cazador cazado. Es célebre la resolución de uno de sus amoríos triples: citó a sus tres parejas —amigas entre sí— a una reunión a la que él nunca asistió, pero que funcionó como el detonante donde todo salió a la luz (gracias al encantador detalle de que a las tres les había inculcado la misma pasión por el té sin limón). Tal como afirmaba el propio Bioy: “La vida es difícil. Para estar en paz con uno mismo hay que decir la verdad. Para estar en paz con el prójimo hay que mentir”.
Entre el fervor de sus pasiones mundanas y la devoción sagrada por la palabra escrita, Bioy construyó una obra inmortal donde el deseo y la lectura formaban parte de un mismo pulso. Acaso por eso cobra tanto sentido una de sus frases más memorables: “Creo que parte de my amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros”. Un culto por la literatura que se funde, de manera indivisible, con su inextinguible amor por las mujeres y por la mismísima existencia.-

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