El Teatro San Martín donde nace el ritmo cardíaco de Córdoba

 Publicado en El Transeúnte insomne, especial para HDC 

Caminás por Córdoba con la delicadeza de un amante y cada paso no avanza, sino que acaricia el área peatonal. Es media tarde y la ciudad te sonríe y te da un beso con aliento invernal. Materializás tu amor con la última bolsita de praliné de la 27 de abril como ofrenda y crujiendo con los dientes llenos de maní, te sumergís en uno de sus puntos más sensibles: la Plaza San Martín.

Cerca de la fuente girás sobre tu eje, loco de amor, mientras el Cabildo, la Catedral y el Banco Nación se distorsionan hacia el centro del mundo. Obviamente esta plaza. Después del frenesí, tratás de ubicarte en base a los puntos cardinales. La calle San Martín conduce al Polo Norte, previo paso por el Mercado Norte. Desde acá, el aire trae el perfume del Restaurante de Fazzio, fritando los mariscos más felices de este hemisferio.
El este es un territorio indiscutido de Franco Srur, porque conduce al Studio Theater, un templo de la música para sacudir el pelo. Y la cabeza. Hacia el oeste, el paisaje está contenido por La Cañada, esa muralla que evita que te ahogues en el Palacio 6 de Julio y, en lugar de esa tragedia, su mansa corriente te lleve a salvo hasta el Suquía.

Mareado
Pero si te extravías en la Plaza San Martín y buscás el sur —para ir a Neuquén o a la Antártida—, vas a tomar la Vélez Sarsfield. Y no vas a avanzar mucho, porque el Coliseo Mayor te detendrá magnéticamente. Años, décadas, más de un siglo, edifican al Teatro del Libertador.
Sin corbata, con las solapas del saco desplegadas para protegerte del frío, subís las escaleras de mármol que Francesco Tamburini puso a mano alzada. El hombre venía de dibujar, nada menos, que la Casa Rosada y el Teatro Colón de Buenos Aires. Los arquitectos ocupan un lugar significativo en mi memoria, culpa de mi madre y hermano que integran el gremio, pero en este caso es un verdadero mito: nacido en Italia en 1846 e instalado en Argentina en 1884, se fue a diseñar edificios celestiales, apenas cumplidos sus 44 años en 1890. Un año más tarde se inauguró el teatro mayor como “Teatro Rivera Indarte”. Con el tiempo, la biografía del escritor José Rivera Indarte, que le daba nombre —tan rosista como anti-rosista, terrorista, adicto al plagio y otros defectos— fue devaluando hasta convencer a las autoridades de una nueva denominación.

Un ícono cultural
Nacido como teatro lírico e inspirado en la vocación de una Córdoba que quería sumarse a las grandes urbes europeas como París, sus materiales nobles fueron trabajosamente importados. Hoy es un milagro encontrar teatros históricos que conserven su maquinaria escénica original y en funcionamiento como este caso. Restaurado a nuevo con compromiso y criterios de conservación únicos en el país, se reinauguró para el Congreso de la Lengua en 2019 —cuando nos visitó Joaquín Sabina—. Mucho del mérito le corresponde a Daniel Rey, entonces secretario de arquitectura provincial. Sin dudas sentarnos en sus butacas es hundirnos en un verdadero orgullo patrimonial.
En sus tablas actuaron todo tipo de estrellas del los rubros más diversos: desde Enrico Caruso, Arthur Rubinstein, Martha Argerich, Julio Bocca, Paloma Herrera, Maximiliano Guerra, podemos también destacar a Eduardo Falú, Atahualpa Yupanqui, Astor Piazzolla, Joan Manuel Serrat, Lalo Schifrin, Marcel Marceau, Ciro, Luis Alberto Spinetta y hasta Duke Ellington.

Yo quería contar otra cosa
Recuerdo la noche que fuimos a ver a Medeski, Martin & Wood con mi papá y mi hermano. La producción era del Perro Emaides —que seguramente ahora está tomando alguna copa con Tamburini en el más allá—. Como había poca gente, nos invitó al palco oficial. Antes del show, en el viejo bar del teatro, donde sólo ofrecían bebidas nacionales, los tres optamos por un White Horse tan generoso que no pudimos acabarlo, por más esfuerzo etílico que hicimos. Me acuerdo y me duele la cabeza.
Mientras los acordes de la banda americana ganaban el éxtasis de los melómanos, le conté a mi familia cómo Daniel Salzano había estado en los ensayos de su obra teatral Dale mis saludos a Córdoba y, disconforme con el tamaño de la Luna de utilería, se ofendió a muerte y se negó a participar del estreno. "Me quieren cagar, esa luna es muy chica para Córdoba... me voy a mi casa", dijo el maestro, dando un poético portazo simbólico. Volvió, pero no quiso saludar hasta que Jairo lo convenció.

Y también quería contar esto
Después de la inauguración del teatro, del cambio de nombre, de todos los astros que pasaron, de la restauración, de Joaquín Sabina actuando para SM el Rey de España, inauguraron un pequeño restorán. Está al lado de la sala mayor y se llama Astor. Es pequeño pero elegante y los miércoles ponen jazz en vivo.
Llegamos después de mil peripecias con un resultado fabuloso: pedimos dos entradas y un champán. Sin grandilocuencia nos dimos cuenta que estábamos en uno de los grandes momentos de nuestra ciudad, cuando el patrimonio te mima. Los acordes y los sabores construían una sabrosa parte de nuestra memoría emotiva.
Con los principales se sumaron a la mesa Tamburini, Rubinstein y Marceau -que insistía en hacerse entender por señas- y pidieron que les sirvamos un poco más de historia en sus copas.

Todos hicimos un brindis por una noche fresca, tan perfecta como amistosa, llena de amigos que están en diversos planos. La ciudad escribía el cielo con los acordes más hermosos, unos que retumban sostenidamente en los palcos vacíos del Coliseo Mayor, y nosotros nos alejamos de la mano hacia el corazón amaneciente de Córdoba.-

Dedicado a Maximiliano Olocco

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Panchito !!!!