Hay libros que comienzan mucho antes de abrir la primera página. A veces, el rito se inicia con un gesto de generosidad y continúa con un recorrido urbano. Me sucedió recientemente con "La cola del gato", la nueva obra de Perla Suez ilustrada por Nicolás Arispe, que forma parte de la cuidada colección Bicho Bolita de la editorial cordobesa Comunicarte.
El libro fue un regalo de la autora, pero retirarlo en la Librería del Palacio, en el corazón de Nueva Córdoba, convirtió el acto en un "regalo ampliado". Cruzar el umbral de esa librería no es solo entrar a un comercio; es habitar un espacio donde el tiempo parece desacelerarse, donde las estanterías, el perfume de un café y las voces del papel nuevo preparan la sensibilidad para lo que vendrá. Ir a buscar un libro allí es, en sí mismo, una experiencia literaria.
Y, en el caso de esta obra, la librería funciona como un puerto desde el que zarpa esta historia para niños, con un increíble vuelo fantasioso. Al abrir "La cola del gato", nos encontramos con lo que me atrevería a llamar surrealismo para niños. Perla Suez, cuya maestría para narrar la complejidad —como ya leímos en la profundidad atmosférica de La entrega— se despliega aquí con una sencillez engañosa. No subestima al lector pequeño; por el contrario, lo invita a capitanear un juego de persecuciones y lógica onírica.
El diálogo entre el texto de Perla y la estética de Nicolás Arispe es fascinante. Arispe, un ilustrador con personalidad pero que no le teme a recursos que los niños reconocerán, aporta una visualidad que dibuja lo maravilloso, creando un universo donde lo cotidiano se tuerce hacia lo fantástico. Es una obra que habita ese territorio fronterizo que extrañamos de la infancia.
En un mercado saturado de historias lineales, esta pequeña gran joya de Comunicarte es una celebración de la edición regional de alta calidad; por eso "La cola del gato" es un recordatorio de que la literatura para las infancias puede —y debe— ser un espacio de riesgo estético y belleza a mano alzada.-

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