Acabo de empezar a leer -y disfrutar mucho- “La Venganza de los insectos”, editado por El Emporio Ediciones, de Nelson Specchia. Vayan a la librería y compren un ejemplar, sin dudar ni un minuto.
Se van a encontrar con una obra contundente, relatos breves pero profundos y movilizadores. En el texto aparece un lenguaje que no le tiene miedo a la riqueza de palabras y términos que conocemos pero paulatinamente (y penosamente) hemos dejado de usar.Hay un camino que atraviesa el mito, el relato e historias constituyendo “un ineluctable camino que conduce perfectamente” al destino: el placer de la lectura. Sobre cada cuento sobrevuela un perfume a lo mejor de la literatura latinoamericana, aquel realismo intrigante y mágico.
Me ha llamado la atención que en un cuento contemporáneo leamos “El gobierno dispondría de una apropiada designación natural alternativa para el pueblo que saliera perdidoso del veredicto de la orografía” y pase de manera tan fluida como atrapante. Incluso simpáticamente. Si el relato histórico inicial es una clase magistral de política comunitaria, incluso historia nacional profundamente territorial, que nos deja encandilados y sumergidos en el clima, el segundo cuento -que da nombre al libro- es una excitante clase de flora, fauna y entomología nativa, con un conmovedor mensaje sobre la naturaleza.
La poderosa resistencia de los pequeños, capaces de enormes epopeyas, es una metáfora del tamaño de la magia que despliega Specchia en estos cuentos. Ver crecer las puntas de las ramas, los cultivos, sentados en “esa tierra gorda” es un regalo que le agradezco a esta voz, y sobre todo una pluma, amiga. Tenía planeado dejar dos o tres líneas sobre el autor, a quien admiro y agradezco -siempre- por su cálida compañía en todo esfuerzo intelectual, pero ese merecido reconocimiento deberá esperar -como las estaciones tan presentes en su libro- una próxima oportunidad destinada a homenajear a uno de los grandes intelectuales de Córdoba.-
Me ha llamado la atención que en un cuento contemporáneo leamos “El gobierno dispondría de una apropiada designación natural alternativa para el pueblo que saliera perdidoso del veredicto de la orografía” y pase de manera tan fluida como atrapante. Incluso simpáticamente. Si el relato histórico inicial es una clase magistral de política comunitaria, incluso historia nacional profundamente territorial, que nos deja encandilados y sumergidos en el clima, el segundo cuento -que da nombre al libro- es una excitante clase de flora, fauna y entomología nativa, con un conmovedor mensaje sobre la naturaleza.
La poderosa resistencia de los pequeños, capaces de enormes epopeyas, es una metáfora del tamaño de la magia que despliega Specchia en estos cuentos. Ver crecer las puntas de las ramas, los cultivos, sentados en “esa tierra gorda” es un regalo que le agradezco a esta voz, y sobre todo una pluma, amiga. Tenía planeado dejar dos o tres líneas sobre el autor, a quien admiro y agradezco -siempre- por su cálida compañía en todo esfuerzo intelectual, pero ese merecido reconocimiento deberá esperar -como las estaciones tan presentes en su libro- una próxima oportunidad destinada a homenajear a uno de los grandes intelectuales de Córdoba.-

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