El Miedo sin celuloide



Tengo ganas de ir al cine, extraño las butacas, el aliento a pochoclo de los niños y las propagandas. Abrazaría al boletero (porque creo que ya no hay proyectoristas a la vieja usanza), si pudiera volver a las salas y si se reglamentaran los abrazos en un futuro. Me pasaría la película recontramanija esperando que termine para discutir cuan buena fue, entre el humo de un pucho, y la promesa de un café.
Pensar todas las risas que nos quitaron, todo el miedo cinematográfico que se hizo real, viral y sin el sublime encanto del celuloide.

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